jueves, 10 de diciembre de 2015

Marcelo Colussi: Derrota electoral en Venezuela. ¿Y ahora?

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El hecho de titular el presente texto como “derrota” ya marca la posición ideológica desde donde lo hacemos. Para mucha gente, en Venezuela y en el resto del mundo, esto es un “triunfo”. Pero, ¿qué triunfó en las elecciones parlamentarias del domingo 6 diciembre? Para esa lógica –que no es la nuestra, que quede claro– triunfó un discurso conservador, que se resiste a los cambios, que ve en el pobrerío en la calle y con cuotas crecientes de poder un verdadero problema. Un discurso, en definitiva, que transpira un profundo odio de clase, no importa si viene de la alta oligarquía, de la Embajada de Estados Unidos o de la clase media, eternamente confundida.

Decir que triunfó “la democracia”, que ganó “el país” o que fue un triunfo “de todos los venezolanos”, no pasa de un barato juego de palabras insulso, hasta frívolo si se quiere. Quizá a un presidente en funciones, al menos cuando se mueve en la lógica de elecciones dentro de esquemas capitalistas como es el caso de Nicolás Maduro, no le queda más alternativa que repetir esas vacías frases hechas. Lo cual ya da una pista de lo que queremos decir: las elecciones del domingo no se salieron un milímetro de un marco capitalista. ¿Y el socialismo del siglo XXI?

No hay dudas que la derecha puede estar de fiesta, más aún después del triunfo del conservador Mauricio Macri en las elecciones presidenciales recién pasadas en Argentina. La idea es que “se comienza a restaurar” la tranquilidad perdida estos años, en los que fuerzas progresistas, con talantes reformistas marcaron parte del ritmo político de muchos países en Latinoamérica.

La Revolución Bolivariana no fue derrotada en Venezuela; pero definitivamente sufrió un revés grande, pues pierde la mayoría en el Parlamento, con lo que se abre un nuevo escenario político. Está claro que el discurso de derecha avanzó. Es evidente con los resultados electorales: si no, dos tercios de los legisladores antichavistas no hubieran sido elegidos para esta Asamblea.

Quizá la población de a pie no dejó de reconocer y agradecer los cambios que todo el proceso iniciado por Hugo Chávez puso en marcha. Lo de esta elección (la primera que pierde estrepitosamente el movimiento bolivariano) evidencia que existe un gran descontento popular, producto de una refinada estrategia de la derecha, asistida con muchos dólares estadounidenses. Luego de un muy bien realizado trabajo contrarrevolucionario donde se llevó a límites intolerables el desabastecimiento, la inflación, la escasez energética y la inseguridad ciudadana (guión que ya utilizó la potencia del Norte en innumerables ocasiones en distintos países del área), los resultados están a la vista. Sin dudas había montada una perversa guerra psicológico-política que terminó por quebrar a buena parte de la población.

Pero eso no lo explica todo. Es parte, importantísima sin dudas, para entender la cachetada del domingo; pero el análisis no puede quedar ahí. Preguntábamos más arriba: ¿y el socialismo del siglo XXI?

Más allá de la bronca que puede dar un resultado como el obtenido en estas elecciones –bronca, claro está, si lo miramos desde el campo popular–, debe abrirse un balance objetivo de lo sucedido. ¿Perdió la izquierda? Lo mismo podría preguntarse para Argentina.

Las sangrientas dictaduras que se sucedieron por toda América Latina entre los 70 y 80 del siglo pasado prepararon el camino para el capitalismo salvaje (eufemísticamente llamado neoliberalismo) que hoy día nos agobia. El campo popular perdió décadas de avances, conquistas históricas, perdió organización. Todo eso no desapareció para siempre, pero no hay dudas que hoy día está en terapia intensiva. Volver a levantar esos ideales de lucha antisistémica va a costar mucho todavía. Los tibios, muy tenues gobiernos con talante socialdemócrata que empezaron a darse últimamente en la región (con el proceso abierto por Chávez a la cabeza) pudieron despertar honestas buenas esperanzas.

La Revolución Bolivariana lleva ya más de década y media, y los cambios profundos y reales en la estructura del país siguen esperando. Partiendo por la dependencia petrolera (cáncer que produce muchos de los males que lo siguen aquejando igual que medio siglo atrás: burocratismo, ineficiencia, cultura rentista, despilfarro), el preconizado socialismo del siglo XXI nunca parece haber levantado vuelo. Fuerzas populares progresistas, de izquierda, revolucionarias, vienen pidiendo ese despertar desde hace tiempo. Pero la profundización real del socialismo nunca se dio.

Estamos tan golpeados en tanto campo popular, como izquierda, que un tenue rayo de esperanza como alguno de esos que calentaron estos últimos años nos moviliza. Pero ¡cuidado!: no hay que hacerse esperanzas donde no las hay.

Del proceso bolivariano se esperó mucho, pero vemos que no se afianzó ningún cambio sustancial. ¿Será que este cachetazo sirve para despertar y, de una buena vez por todas, encamina al socialismo? Pareciera que eso es imposible.

El margen de maniobra que tendrá ahora el Ejecutivo, con toda su estructura partidaria, es menor que antes. La derecha avanza victoriosa, y la población, una vez más, más allá de las monumentales movilizaciones teñidas de rojo, no es el actor clave en la revolución: sigue siendo un proceso palaciego.

Quizá todo esto (las derrotas electorales en Venezuela y en Argentina y lo que ello pueda traer aparejado: retroceso en el ALBA, en UNASUR, mayor injerencia estadounidense en la región, etc.) sirve para ver con claridad que los procesos tibios, a medias, las propuestas de “capitalismo con rostro humano”, a la población de a pie no le sirven de mucho. Procesos a medias, de aparente transformación social pero que no transforman nada, basados finalmente en la dádiva, en el populismo clientelar, no son buena escuela para la izquierda.

La construcción de otro mundo posible es viable sólo si se tiene claro qué es ese otro mundo al que se aspira. Que la derecha existe y es conservadora, que hará lo imposible –sin sangre o con profuso derramamiento de ella si es necesario en su plan– para mantener sus privilegios, está fuera de discusión. Que el desabastecimiento y la manipulación de la inseguridad ciudadana creados por ella sirvieron para lograr el descontento popular, también es más que evidente. Pero que la Revolución Bolivariana dejó de pensar en el socialismo del siglo XXI (o del socialismo en general) hace ya largo tiempo, también está fuera de discusión.

Lo del 6 de diciembre fue un reacomodo político, perjudicial para el partido de gobierno. Lo que sí está claro es que la izquierda sigue siendo un proyecto pendiente en nuestros países. Y sin marea humana luchando por sus reivindicaciones (no acarreadas para las elecciones) no hay cambio posible.

Por tanto: ¡la lucha sigue!

mmcolussi@gmail.com
https://www.facebook.com/marcelo.colussi.33

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Marvin Javier Mijares: ¿El por qué Perdimos?

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Las criticas llueven, como lluvia acida, bajan por las torrenteras y resquebrajan  escaleras de las viejas y nuevas comunidades, llevándose así todo a su paso; algunos aduladores de los príncipes y reyes se apartan para no ensuciarse sus lujosos zapatos o no se bajan de sus costosos vehículos para no llenarse de ese pantano que muchos “Pablo Pueblo” pisamos; dejando nuestras huellas, nos bebemos hasta el agua de esa lluvia acida, la conocemos por su olor y sabor,  nos damos el gusto de conocer y aprender a surgir como el ave fénix cuando estamos en graves aprietos y a conocer nuestra propia realidad, que algunos desconocen.

De que vale lamentarse; se perdió por la falta de planificación, seguimiento y supervisión, se dilapidó gracias a que algunos se les olvido que existe “Pablo pueblo”, solo se acordaron de ellos en la campaña NeoAdeca, con el fin de obtener un triunfo electoral. Se perdió, por la incapacidad de producción y mala gerencia, entre otros se perdió por los gravísimos errores comunicacionales como lo dijo el camarada Pérez Pírela, en su programa Cayendo y Corriendo, del pasado lunes 7 de diciembre, “Medios oficiales del Estado (obsoletos, planfetarios), el cual no existe un solo portal oficial en la web 2.0 que esté entre los 100 primeros en el ranking mundial”; es decir, no se puede tapar el sol con un dedo, la realidad surge y castiga, debemos de aceptar la crítica, para contrarrestar y así obtener una mejor visión para solucionar los problemas sociales que nos aquejan.

Otro punto importante el juego de las sillas entre Ministros y el vago trabajo en equipo, el cual conllevo a una intensa lucha intestinal por el poder dentro de las mismísimas instituciones del Estado (muchos caciques y pocos indios), y el fenómeno del triunfalismo, no corregir errores a tiempo de fondo para neutralizar la guerra económica contra la plutocracia los llevo a esa aplastante derrota. En este sentido, se olvidaron de la voraz Hidra de mil cabezas (burocratismo, despotismo, nepotismo, cleptocracia, ineptocracia), fenómenos  que socavaron la retaguardia al PSUV y GPP.

Asimismo, tomando en consideración todas estas evidencias, las fallas políticas, económicas y sociales fue la gran hecatombe más vergonzosa en estos últimos 17 años de revolución, no debemos de levantarle prejuicios al pueblo, debemos de asumir nuestra cuota de responsabilidad ante todas estas fallas que jamás las corrigieron a tiempo, ahora el tiempo es corto y se deben tomar medidas certeras en el plano económico ya que la columna vertebral de la política, es la economía. Ahora recomiendo que en primer lugar el Banco Central de Venezuela (BCV), debe publicar la tasa de inflación oficial. En segundo lugar ajustar todo en una sola tasa de cambio, o sea, simplificar la estructura cambiaria, pasar de (03) tres tasas a (02) dos y progresivamente a (01) una sola, se deben tomar ciertas medidas ante las dificultades económicas para elevar la eficiencia de las empresas del Estado y contrarrestar los factores de especulación que nos afectan. Ante todo, revisar las empresas del Estado e reimpulsar el aparato productivo del país y el sector empresarial comprometido, no es nada fácil, pero es un intento y en tercer lugar deben de evaluar y sincerar los precios de la canasta básica, ya que los mismos actualmente son una injusticia.

El pueblo venezolano no es fácil, y más si lo subestimamos, nos castiga y hace entender que nosotros estamos mal enfocados ante una realidad llena de grandes dificultades, dificultades que no son atacadas y son olvidadas, después nos pasan facturas y nos lamentamos porque perdimos. Vamos a tenerles confianza a la crítica, ya basta de tener bajo sospecha a quien critica.

Por último, la oposición no debe de olvidar que existen más de 5 millones de venezolanos chavistas que votaron por el chavismo que tienen los pies sobre la tierra. Sepan administrar el triunfo, de lo contrario lo perderán.

Lic: Marvin Mijares
Correo: venezuela6mundo@gmail.com
Twitter: @CONCIENCIA555

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sábado, 28 de noviembre de 2015

Fin de ciclo, un cambio de época que pide nuevas ideas: reflexiones temporales

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Al momento de escribir estas líneas, América Latina asimila la victoria de Mauricio Macri en las presidenciales de Argentina, un hecho que ya vislumbraba el politólogo Atilio Borón, cuando discurrió sobre el tema en el contexto de los cerrados resultados de la primera vuelta electoral, y después de constatar la histórica derrota del peronismo en la provincia de Buenos Aires. 

En la entrega anterior, analizamos algunas de las aseveraciones que sobre los procesos progresistas en América Latina hizo Noam Chomsky en entrevista de finales de octubre, en un balance donde planteó los aspectos positivos y negativos que según su visión se ofrecen claros al análisis. Sobre Venezuela, dijo que el “modelo de Chávez ha sido destructivo”, y agregó más adelante que un ejemplo a seguir sería el de Corea del Sur, el cual se planteó un modelo de “desarrollo constructivo desde lo interno” regido por un “Estado poderoso”. Sin embargo, su corazón ácrata lo lleva a plantear para Latinoamérica un eventual Gobierno de los movimientos populares, luego de haber sentenciado que los Gobiernos de izquierda de habían desacreditado a sí mismos por la desbordante corrupción.

Sobre el caso venezolano, Chomsky parece señalar el hecho de que Venezuela no haya podido, hasta ahora, desarrollar un sólido mercado interno (desarrollo constructivo desde lo interno), lo cual implica un grado de producción nacional, de industrialización, de sustitución de importaciones. Esto nos lleva directo al tema del eterno lastre de una economía rentista que ha permeado históricamente el Estado, la sociedad y la cultura en el país, e incluso hasta la manera misma de concebir y vivir los procesos de emancipación social, siempre más factibles en medio de la abundancia artificial generada por los altos precios del petróleo. El tema ha sido abordado por diversos analistas, algunos de los cuales se preguntaron en su momento si era posible en Venezuela un “socialismo rentista”. A pesar de que el debate sigue abierto, el actual conflicto con la economía indica que algo así no sería posible, salvo mientras los altos precios del hidrocarburo mantengan el suministro al sombrero del mago (ver El Estado Mágico, de Fernando Coronil).

Si bien la caída de los precios de las materias primas condiciona en cierta medida el debate sobre el supuesto fin de ciclo progresista, no se puede ocultar que mucha de la perplejidad o desencanto que puede estar experimentando algún sector de la izquierda, tanto dentro como fuera de Venezuela, tiene que ver con un nuevo paradigma de emancipación social que mucho o poco tiene que ver con las tradicionales teorías eurocéntricas de la revolución. Décadas de condicionamientos producto de las permanentes estrategias hegemónicas del sistema, pueden ser ignoradas temporalmente en el contexto de la presencia del gran líder carismático ―capaz incluso, como decía Marcuse, de derrotar a las corporaciones mediáticas―, pero una vez desaparecido físicamente de la escena, las “estructuras de larga duración” resurgen para recordarnos que, después de todo, se vieron golpeadas y amenazadas seriamente, pero al verse mantenidas desde los sustratos mediáticos y culturales, regresan vivas y hasta con nuevos bríos. Por eso, hoy no puede haber revolución desde las instituciones, revolución propiamente dicha, sin batalla real de ideas ni transformación cultural.

La problemática y el debate en el campo de la comunicación, desde nuestro punto de vista ejemplifican elocuentemente los contornos del nuevo paradigma emancipatorio de principios del siglo XXI. Una reflexión inicial, bastante clara desde los primeros años del proceso bolivariano, señalaba que una transformación política no sería posible sin una transformación del campo mediático, de los medios de comunicación. Bien. Añadamos, que desde 2002 había quedado claro que los medios habían asumido un rol directamente político y que eran los caballos de batalla de la contra-revolución, en un fenómeno que los develó como lo que siempre habían sido: controladores sociales del sistema, instancias hegemónicas de la sociedad que siempre habíamos tenido. Con todo, no se los podía tomar y cerrar en nombre de la Revolución precisamente por el carácter pacífico y democrático de ésta. Recordemos lo que pasó con Rctv y el escándalo que generó lo que era desde el principio una acción legítima del Estado inherente al ejercicio de sus funciones. En otro debate realizado meses antes de la salida legal del aire de ese canal, Buen Abad planteó una situación hipotética: imaginemos que se dieron las condiciones y se logró revocar la concesión a Globovisión, Televen, Venevisión y Rctv, ¿Tenemos una parrilla de programación preparada para sustituir la de estos cuatro canales? ¿Una programación enmarcada en los valores socialistas que queremos transmitir? La respuesta era evidente y, como era de esperarse, cuando nació el nuevo canal, durante los primeros meses la política que se reflejó en pantalla fue la de Eudomar Santos (como vaya viniendo, vamos viendo).

Tenemos entonces, que dicha problemática quedó evidenciada con el nacimiento de Tves, cuya programación inicial no fue considerada nada revolucionaria por parte importante de quienes le hacíamos seguimiento al tema, y hasta por muchos de los que formaron parte del grupo inicial de trabajadores del flamante canal. Por otra parte, un ejemplo de “televisora revolucionaria”, bastante alabada por Buen Abad en esos tiempos, era Vive Tv, cuya concepción de producción de contenidos inspirada en un marxismo inteligente había generado, efectivamente, una televisión diferente. ¿Cuál era el problema, de considerarlo problema?: que nadie veía el llamado “canal del poder popular”, un espacio que parecía, o adelantado a su tiempo o excesivamente contrastante con la televisión a la que la gente ―incluyendo por supuesto, a los revolucionarios― estaba acostumbrada. Esta última palabra, por cierto, señala el lugar de la hegemonía. Cifras de mediados de 2006, por ejemplo, reflejaban que el Canal de la Asamblea tenía más “raiting” que Vive Tv. ¿Cuál fue el aprendizaje? Puedes tener la web, canal, radio o periódico con los mejores contenidos, con los más revolucionarios o los más distintos a los históricamente producidos y difundidos en el marco de la sociedad que queremos superar; pero si nadie ve tu web, canal, radio o periódico, tan sencillo como que no existes para esa sociedad, con todo y la necesidad de existencia de esos proyectos, cultural y estratégicamente. Entonces, los contenidos son importantes, pero más aún que estos lleguen ―que sepan llegar― al público, a las masas.

El concepto de contra-hegemonía fue cobrando importancia desde esos días. Que si Gramsci y el bloque histórico. Sin embargo, al constatar que era un concepto que nos ubicaba, muchas veces con razón, en una posición defensiva ―y se supone que éramos nosotros los que estábamos en el poder―, se planteó la política de construcción de “hegemonía popular”, y empezamos a comprender que las condiciones del proceso obligaban a definir y ejecutar una política de la seducción, de convencimiento, de ofensiva creativa. La responsabilidad mayor de dirigir una política comunicacional, educativa y cultural en un contexto revolucionario que estaba sirviendo de ejemplo a otros países hermanos de la región, implicaba la colosal tarea de construir hegemonía. Pero, en algún momento, talvez inevitablemente, fuimos entrampados en una guerra mediática que nos condicionó y nos atrapó, cual perros de Pavlov, en la política del “desmonte de matrices mediáticas”. Y si bien sería bastante torpe afirmar que desmentir y desmontar no era una política necesaria en un contexto de constantes y descaradas manipulaciones, también hay que decir que tal contexto nos entrampó en actitudes defensivas que impidieron siempre tomar iniciativas hegemónicas, la articulación de una gran ofensiva cultural orientada a la construcción de un nuevo bloque histórico.

Y sobre este tema, un día encontramos una reflexión planteada por el Observatorio de Medios de Argentina, que encaja perfectamente con lo que venimos planteando. Partiendo de la base de que existe una tendencia dominante en las producciones periodísticas, estos analistas afirman que:

“Las producciones periodísticas son parciales (Reflejan tomas de partido a favor o en contra de determinados intereses de clase o grupos) y tienen como objetivo final la creación de sentidos comunes hegemónicos.

La mayor o menor eficacia de esas operaciones dependerá del éxito con que las parcialidades sean presentadas y aceptadas como parcialidades universales y para ello todo sistema de producción periodística apela al “mito de la objetividad”, en el sentido de presentar a la misma asociada con una parcialidad especifica”.

Evidentemente, siguiendo el análisis podemos colegir que, no solo estamos en medio de una gran batalla por la hegemonía, sino que dentro de ésta pareciera no haber posibilidad de descartar la adopción del “mito de la objetividad” de cara a la construcción de una nueva Hegemonía. De tal manera, en el propósito de construir un nuevo bloque histórico, resulta clave no solo la adopción del mito de la objetividad, sino también la incorporación de una serie de estrategias y formas estéticas y lenguajes comunicacionales, muchas veces asociados a las de la comunicación hegemónica alienante y corporativa. Así, esta es la realidad que explica la actual concepción televisiva de Tves, y las creativas líneas editoriales de algunos medios webs, escenario de luchas simbólicas y políticas por la dirección intelectual y moral de la sociedad.

En función de lo anterior, al trasladar esta realidad mediática (campo eminentemente político) a la política propiamente dicha (subsumida dentro de la mediática), la conclusión es evidente: se trata de sumar y sumar, de convencer y convencer, de concebir a la revolución como un proceso de afirmación y modernización cultural y ciudadana, como una vasta estrategia de seducción que debe recurrir a todo el arsenal comunicativo que ofrecen las tecnologías de la información y comunicación, y lograr toda la eficacia política que esté a su alcance. Vivimos una época donde los cambios ya no se hacen tomando por asalto los palacios de invierno. Los palacios hay que ocuparlos, sin discusión, pero lo que está claro es que eso, por sí solo, no basta ni nunca bastó.

Desde nuestro punto de vista, aquí radica uno de los temas centrales a considerar para una nueva política para el siglo XXI, para la nueva era de consciencia expandida que despunta. La necesidad de renovación ética y política de la izquierda que ha sido planteada por, entre otros, Enrique Dussel, nos parece que va por ahí, en una sociedad donde los cambios tecnológicos de los últimos 30 años han generado consecuencias que deben estudiarse en profundidad, particularmente porque han afectado las condiciones de manifestación de la voluntad de vida, la construcción de los consensos y la factibilidad de las decisiones. El debate sigue abierto.

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jueves, 26 de noviembre de 2015

Susana Martínez: Argentina: un cambio prematuro

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El principio de todo cambio está ligado a consecuencias, ya  sea para bien o para mal. Depende la forma como lo veas. La vida nos enseña, que son necesarios en determinados momentos, por tanto no hay temerles.  Tanto nuestro país como el resto de Latinoamérica,  no han sido ajenos a esos vientos de cambio. Eso nadie lo puede poner  en duda. Países, que  hasta la década de los 90, eran dominio o cheque en blanco de la mano imperial.  Afortunadamente, esa historia quedó atrás,  este nuevo renacer  tiene nombre y apellido: Hugo Chávez. El comandante Chávez, en su afán de recuperar a su país, a lo mejor nunca pensó que esa proeza, iba ser emulada por tantos líderes.

Esto no quiere decir, que nos hemos librado del águila; que de paso sigue como fiera salvaje surcando nuestros  cielos,  buscando debilidades, para atacar.  Esta vez le tocó a Argentina, la misma que sufrió dictaduras impuestas por el  norte, la misma que se atrevió a darle  una bofetada al neoliberalismo. Ahora, sucumbida a un cambio con consecuencias fatales. Pareciera que no bastó: años de inclusión,  progreso, estabilidad social. Para que un domingo oscuro lo borrara todo.

No basta  solidarizarnos con este noble pueblo, sino prender las alarmas ante lo que pudiera pasar el próximo 6D en nuestro país. Es verdad, Venezuela no es Argentina.  Pero, tenemos en común, a los muchos Mauricios, que pululan aquí.     Con la única fijación de  llevarnos con su cambio, al camino del atraso.   Sus parecidos son elocuente: predican un cambio, revertir los progresos de integración  latinoamericana, darle la bienvenida al F.M.I., liberar a Leopoldo y su combo. Cualquier parecido con la realidad venezolana, es pura coincidencia.

En consecuencia, Venezuela,  en estos momentos no necesita a los izquierdosos de la ultra izquierda, que sólo juegan a la división, (como pasó en Argentina). De algún modo, para que esto no pase, nuestro primer requisito para votar, es tener memoria.

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miércoles, 18 de noviembre de 2015

Fin de ciclo y la reciente opinión de Noam Chomsky sobre América Latina

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En este contexto de balances sobre lo que ha pasado en la región en lo que va de siglo, y como si no fuera suficiente con todos los factores que hemos mencionado a lo largo de este ensayo que sugieren para algunos pensadores el “fin del ciclo progresista”, el connotado intelectual estadounidense Noam Chomsky también añadió lo suyo en entrevista publicada el pasado 27 de octubre en el portal perfil.com.

En la conversación con Jorge Fontevecchia, el pensador cuyo libro Hegemonía o Supervivencia Chávez promovería desde la tribuna de la Asamblea General de la ONU, disparando significativamente sus ventas en el portal Amazon, el anarquista Chomsky dice que la historia reciente de América Latina ha sido mixta. Por un lado, en materia de integración regional y emancipación del imperialismo, los logros han sido notables; pero de otro lado, el intelectual plantea que tales procesos fueron financiados por las ganancias de la exportación de materias primas a una China que demandó estas como nunca en su historia, y añadió que la corrupción fue el principal problema en estos países. De hecho, esta cita del autor encabeza la entrevista: “La corrupción fue tan grande en Sudamérica que se desacreditaron a sí mismos.”

Después de decir que el PT de Brasil empezó muy bien, con “buenos programas” y un “liderazgo impresionante”, afirmó que "... algo similar sucedió en Venezuela, donde hubo propuestas significativas, esfuerzos, iniciativas, pero en un sistema que estaba un poco desbalanceado desde el principio no se puede. Hubo varios cambios instituidos desde arriba, bastante poco relacionados con la iniciativa popular, con algo de participación, pero no: venían desde arriba principalmente”. Chomsky es un maestro de la palabra, y por eso nos preguntamos qué quiso decir exactamente cuando afirma que el sistema estaba “desbalanceado” desde el principio. Respecto a los “cambios desde arriba”, es evidente la presencia del espíritu ácrata en su crítica, aunque resulta algo impertinente considerando que siempre supo que la marca de los nuevos procesos emancipatorios era el cambio impulsado desde el Estado.

Seguidamente añade: “Es poco probable que eso funcione. Hubo muchos fracasos en el camino después, pero en este momento, de nuevo, la tremenda corrupción y la incompetencia del país nunca lograron liberarse de la dependencia casi total de una exportación única, el petróleo”. La alusión a nuestra economía rentista es clara, pero más aún a lo que podría considerarse una de sus consecuencias culturales: una suerte de incompetencia histórica para la diversificación económica, que no es tanto producto de la incapacidad como de la parálisis aceitosa del emprendimiento que ha producido históricamente la abundancia de petrodólares.

Más adelante, encontramos una afirmación que podría considerarse desafortunada, en tanto que proviene de alguien que se supone ha sido un aliado de los gobiernos progresistas: “En América Latina, creo que el modelo de Chávez ha sido destructivo. América del Sur necesita movimientos populares masivos que tomen la iniciativa para llevar a cabo un extenso cambio social”. Además, no deja de hacernos ruido el hecho de que haya usado la palabra “destructivo”, toda vez que su ejemplo fue lo que permitió los logros que él mismo reconoce al principio, y que es un académico prestigioso y “de izquierda” que habla desde el país más destructivo de la historia. Ahora, como más arriba, cabe preguntarse lo que el lingüista Chomsky quiso decir con “destructivo”. Las que sí han demostrado toda su destructividad son las oligarquías que se han opuesto desde el principio a las primaveras latinoamericanas, con golpes de Estado estilizados, promoción del odio en los medios, sabotajes, guerras “sharp” y un ejercicio de la anti-política que aún está por estudiarse en toda su destructividad.

Seguidamente, Chomsky vuelve con una propuesta que sintoniza con la visión ―base de las críticas― del sector de la izquierda latinoamericana que ha estado hablando del supuesto fin del ciclo progresista: “La historia no da respuestas a lo que es el modelo adecuado de desarrollo, pero un logro real, duradero, tendrá que basarse en movimientos populares organizados que tomen la responsabilidad del control total de la política, la información y la implementación”. Pareciera que el autor de Estados fallidos, se maneja con un discurso pendular que, dependiendo de la región del mundo y la atmósfera intelectual internacional, cuando discurre sobre modelos de desarrollo oscila entre los procesos modernizadores realizados desde arriba por estados poderosos, y procesos liderados por movimientos populares que desde abajo han logrado tomar el poder del Estado, o que han logrado “hacer la revolución sin tomar el poder”.

Tal sutileza, la constatamos en la siguiente reflexión de Chomsky, en la cual contrapone el modelo de desarrollo surcoreano con los recientes procesos latinoamericanos: “El problema en América del Sur es la falta de programas internos de desarrollo constructivo, como se hizo en Corea del Sur y Taiwán. Países pobres, pero con Estados poderosos. Por desgracia, durante mucho tiempo con dictaduras, pero que se convirtieron en mucho más democráticas, y con un programa de desarrollo que fue diseñado para el desarrollo de las posibilidades internas, para el desarrollo social y económico.”

 ¿Dónde queda aquí el gobierno de los movimientos populares organizados? El mensaje del pensador parece ser: si van a hacer revoluciones populares, estas deben ser dirigidas por los movimientos populares, los cuales deben tomar el control de la política y los procesos económicos e informativos; el otro camino es el que siguió Corea del Sur: un modelo de “desarrollo constructivo” desde lo interno y conducido por “estados poderosos”, es decir, desde arriba. Sin discusión, ambos implican grandes desafíos, y la tendencia en Venezuela, al revisar los objetivos del plan de la Patria y los limites fácticos de un eventual “gobierno de los movimientos populares”, es hacia el modelo del “Desarrollo constructivo conducido desde el Estado poderoso.” Continua…

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lunes, 16 de noviembre de 2015

Fin del ciclo progresista, cambio de época y pensamiento crítico (IV)

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¿Qué es lo que ha ocurrido realmente en América Latina con los gobiernos progresistas?

Efectivamente, para un análisis más pormenorizado y preciso habría que considerar el caso concreto de cada uno de los procesos progresistas de la región, además de poner en remojo esto del “progresismo”, clásico término del moderno positivismo que expresa el clásico optimismo decimonónico en la ciencia y la técnica. Hoy, dicha palabra es usada por variopintos personajes de todo el espectro político, por lo que puede significar casi cualquier cosa, como lo ha apuntado Sergio Rodríguez en reciente artículo. Sin embargo, para los efectos del análisis no es pecado agrupar a los gobiernos de Correa, Morales, Frente Amplio, Ortega, los Kirchner y Chávez bajo el disputado término de “progresistas”.

En el caso de Venezuela, no es secreto para nadie que desde la desaparición física de Hugo Chávez, el bloque sociopolítico que se agrupa en el chavismo ha tenido que enfrentar su etapa más difícil y compleja, dada la dependencia que el proceso bolivariano tuvo siempre de la figura del líder carismático. Asumiendo una tarea titánica, Nicolás Maduro tuvo que lanzarse a una campaña electoral relámpago en medio del emotivo adiós a Chávez y, hasta hoy, enfrentar una guerra directa no declarada ―si es que puede existir tal cosa― desde distintos flancos. Y como si fuera poco, los precios del petróleo bajaron sustancialmente debido a factores que ya se han comentado, viéndose sensiblemente afectada la economía del país. Sumemos a este contexto nada fácil, las denuncias de corrupción y duras críticas a un sector del funcionariado chavista que empezaron a fluir desde algunos sectores del propio chavismo y sectores de izquierda.

Este explosivo cóctel, en medio de una situación económica que ha generado descontento en la población, ha generado confusión y perplejidad tanto en sectores de esta como en algunos grupos, movimientos, organizaciones e individualidades, sobre cuál será el futuro de la Revolución bolivariana. Y es en el marco de estas discusiones, debates que se han desarrollado en el seno de la comunicación alternativa y entre los intelectuales, donde he constatado reiteradamente esta perplejidad. Desde las individualidades y sectores que aún no han asimilado el restablecimiento de las relaciones Cuba-Estados Unidos, hasta aquellos que en nombre de una condición revolucionaria han defendido su derecho a no adecuarse a las nuevas leyes y directivas del Estado en nombre del anti capitalismo.

Durante estos últimos años, período en el que las encuestadoras han tenido un indiscutible protagonismo, se ha hecho alusión a la trascendencia del cambio de la cultura política del venezolano y se han esbozado algunas líneas de lo que significó el chavismo, lo que actualmente significa, además de algunos estudios que han arrojado información más que interesante sobre algunos rasgos sociológicos de los venezolanos. Citemos por ahora solo dos reflexiones que ha hecho Oscar Schemel, de Hinterlaces, para los efectos de lo que queremos destacar aquí: 1) “Durante los últimos 15 años a Venezuela la gobernaron las palabras”, y 2) "Venezuela es como una mujer desorientada que necesita un hombre fuerte, duro, consistente”. Sí, esta última afirmación no fue muy afortunada desde la perspectiva de la igualdad de género. Ahora, pasaré a relatarles una anécdota de hace unos años y volveremos de inmediato con Schemel.

Año 2006. Después de otra sesión de formación política en el Centro Internacional Miranda, abordo el ascensor con una amiga de la universidad, por cierto una mujer llamativa no solo porque ser una atractiva y exuberante rubia de clase media-alta, sino porque su historia era la de alguien que había marchado con la oposición el 11 de abril de 2002 y a los pocos meses, al constatar que había sido engañada y colocada como carne de cañón en medio de un golpe mediático, y luego de discutir con sus familiares decidió inscribirse en la Universidad Bolivariana de Venezuela y darle su apoyo al proceso. En el ascensor iba un compañero de la embajada cubana, quien ese día había asistido al foro y en medio de la socialización se había entusiasmado con mi seductora amiga. Helena y yo hablábamos sobre el proceso, la universidad, el capitalismo, la necesidad de la formación, y el cubano escuchaba atento y emitía sus opiniones, entrábamos en confianza.

Palabras más, palabras menos, el compañero destacó ―con intención pedagógica― que la Revolución bolivariana era muy diferente a la cubana. En Cuba, llegó una revolución armada, entró a la casa del Estado, la derribó y erigió una casa nueva de acuerdo a las nuevas reglas. En Venezuela, la revolución llegó por vía electoral, sin disparar un tiro, de manera pacífica, y empezó su trabajo desde una casa que nunca derribó. Más aún, muchos de los que habitaban la casa nunca salieron, y hasta se le fueron construyendo anexos aquí y allá. Por eso aquí el proceso es inédito y mucho más difícil, decía. Era evidente, estaba claro, me dije. Las revoluciones de hoy son pacificas, es el espíritu de los nuevos tiempos. Por eso Fidel habló de la batalla de las ideas, reflexioné. Sin embargo, la realidad discursiva de la lucha política y la guerra mediática desatada, generaron una realidad subjetiva que, sin exagerar, hizo pensar a muchos que estábamos en la Sierra Maestra. Y cuando Chávez habló de socialismo y más adelante se declara marxista, pues “se salieron todos los genios de todas las botellas”.

Esto no quiere decir que haya sido un hecho negativo. Lo que hizo Chávez fue recordarle a la humanidad su natural condición gregaria-comunal y la perversión social inherente a un sistema que rompe los lazos sociales, deshumanizándonos. La cuestión compleja fue la forma en que se asumieron esos debates, en una clásica manifestación del ego moderno que elevó sus estandartes desde sus visiones particulares.

Los debates se desataron. Muchos se preguntaban, si hablábamos de marxismo y lucha de clases, por qué la tolerancia con la burguesía, por qué no nacionalizar la banca y el comercio exterior. Sin embargo, y de acuerdo a la Constitución, había ―hay― un papel claramente establecido para la empresa privada en el proyecto bolivariano; incluso en la Propuesta de Reforma Constitucional, tan temida y satanizada, el modo de producción planteado era mixto. Con todo, habíamos tenido golpes, sabotajes, guarimbas y una guerra mediática que estaba enfermando a parte importante de la población. El recuento sería largo, y baste con enfatizar que el discurso encendido y confrontacional de Chávez, justificado frente a la presencia de una oligarquía que se oponía recalcitrantemente a la democratización de la sociedad, y la respuesta reaccionaria que recibía, nos envolvieron en una lucha política de cuyo proceso se obtuvo un legado importante tanto a lo interno como de cara al contexto regional y mundial. Y este fue tan brillante, formidable y extenso, que muy poco se habla de sus aspectos negativos, salvo en las charlas de café o a lo interno de la intimidad familiar.

El tema es, que cuando los barbudos tomaron el palacio de invierno, en las semanas,  meses y años inmediatos sucesivos los que se fueron se fueron y los que se quedaron, bien. La cosa estaba más clara, siempre estuvo más clara. El sentido de lo que significaba una revolución estaba más claro; era la época de la guerra fría.

Pero en Venezuela, el proceso revolucionario pacífico y en democracia ―y tal vez por esto mismo― dio pie y campo abierto para las conspiraciones permanentes, la impunidad y el abuso de algunas palabras que se vieron bastante afectadas en su significado al contraponerlas con la realidad concreta de la calle, más no a las realidades teóricas que se construían algunos en sus cabezas en imágenes de gran resolución y hasta en 3D. De tal manera, en Venezuela, la contrarrevolución nunca se fue como se había ido en Cuba, y en los momentos en que su debilidad llegaba al máximo, las contradicciones inherentes al carácter del proceso, la mediática, la corrupción, los inevitables errores, volvían siempre ha darle aliento. Y en cada elección, parlamentarias, regionales, presidenciales, al constatar la elocuencia de los numeritos, muchos se preguntaban, incluyendo al propio Fidel Castro, si había tantos oligarcas en Venezuela. Los factores subjetivos pedían a gritos ser tomados en cuenta, y al fin se introdujo el debate cultural sobre la necesidad de construir hegemonía, política ciertamente más cónsona con la época de las “revoluciones pacíficas”, donde convencer no solo complementa al vencer sino que se erige en la condición de posibilidad de este.

Tal realidad, obligaba a una negociación con los sectores adversos a la revolución, a perfeccionar en todo caso los mecanismos de la seducción. Pero esa negociación, en algún momento se trancó cuando la atmósfera de los sentimientos y re-sentimientos producto de la lucha alcanzaron su tope emocional. Ese entendimiento se trancó por las actitudes golpistas nunca abandonadas, por la falta de sensatez y extremismo de un sector de la oposición que necesariamente generaría una respuesta en el Gobierno quien, ante el asedio permanente, no podía menos que plantarse fuerte en su posición. En fin, se trataba de una cuestión bastante compleja sobre la cual ha reflexionado, entre otros, Enrique Dussel, quien desde el temprano 2007 ya advertía desde el Parque del Este que el proceso bolivariano estaba dando señas de eso que llaman “el problema de la izquierda en el poder”. Efectivamente, el MBR-200 no se había equivocado en su estrategia: se podía tomar el poder del Estado a través de los mecanismos electorales. La cosa era hacer una revolución desde un  monstruo burgués por excelencia como lo es la estructura estatal, audaz lance que demostraría sus posibilidades ―sería emulado en el resto de la región― pero también los límites de su factibilidad.

De tal manera, y volviendo con Schemel, en Venezuela ciertamente hubo un gobierno de las palabras. El país fue gobernado por las palabras, por la mística guerrera del caudillo carismático, por la presencia de la figura única e irrepetible; por el imaginario del último hombre a caballo. Pero simultáneamente, lo que ocurría era una distribución de la riqueza en el marco de una economía rentista buchona por los altos precios del petróleo, pero también en el marco de tenebrosas estrategias orientadas a sembrar la violencia paramilitar, y en un entorno donde la presencia de la corrupción aquí y allá se fue convirtiendo en el antagonista principal de quienes postulaban la moral revolucionaria del hombre nuevo. La necesidad de una nueva ética-política se hacía cada vez más evidente, y algunos autores planteaban la necesidad de una completa renovación ética y teórica de la izquierda; un debate por cierto, que nos conduce directamente a cuestionar profundamente la clásica distinción izquierda-derecha. El debate no saldado sobre el carácter de la lucha de la Revolución bolivariana, si era de clase contra clase, de izquierda contra derecha, o de la nación-clase frente al imperialismo, era solo una de la pruebas de la necesidad de profundizar en unos temas que las diversas coyunturas siempre impedían.

En general, la corrupción en el contexto de un capitalismo rentista, el burocratismo exacerbado, y la evidente hegemonía del American Way of Life ―factor destacado por Emir Sader y que ha sido el centro de la crítica cultural de José “Pepe” Mujica―, eran y siguen siendo los temas centrales a considerar en el propósito de construir una sociedad pos-capitalista. Y para eso, en Venezuela tendríamos que conocer primero el capitalismo productivo, manteniendo siempre las políticas sociales.

Cuando Schemel declaró que Venezuela era como una mujer desorientada que necesita de un “hombre fuerte”, recordé a toda la gente con la que uno se ha cruzado en la vida, que en momentos de duda, molestia o desesperanza, antes y después del proceso bolivariano, recordaban nostálgicos al general Pérez Jiménez. Y apartando un poco el carácter sexista que pueda observase en la afirmación del analista, está claro que lo que quiso aludir fue la clásica tesis del positivismo que plantea la necesidad de instaurar el orden para garantizar el progreso, tarea que en una América Latina “atrasada” y devastada por las conflagraciones independentistas y las sucesivas guerras civiles, podía ―tenía que― ser llevada a cabo por el gendarme necesario, el césar democrático o, déspota modernizador. Desde el inicio del siglo XX venezolano hasta el proceso liderado por Chávez, una realidad atávica y profunda de la psicología de los pueblos parece hablar por sí sola.

Considerando todo lo anterior, nos animamos a plantear que todo gobierno, y más aún en la híbrida y mágica Latinoamérica, el Gobierno de las palabras es una cualidad de los procesos emancipatorios catalizados por liderazgos telúricos capaces de conectarse poderosamente con las masas. Pero, como ha demostrado la historia, estos liderazgos no siempre duran; son como una tormenta cataclismica que comienza con rayos cayendo en días serenos y que anuncia el cambio de los tiempos, el inicio de nuevas eras. Y en Venezuela, desde la desaparición del Comandante Chávez, el reto ha sido mantener vivo su legado en un contexto adverso como no se había tenido, y donde el Gobierno de las palabras debe conservar solo lo necesario para poder consolidarse así como un Gobierno de las acciones concretas. La Gran Misión Vivienda, como una de las más importantes políticas del Gobierno, constituye un ejemplo claro de esto. Pero más aún, debe constituirlo el Gobierno de los procesos materiales, de la economía real, de la justicia, de la forma en que se produce y reproduce la vida de la nación. Continúa...

Amaury González V.

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sábado, 14 de noviembre de 2015

Fin del ciclo progresista, cambio de época y pensamiento perplejo (III)

Fin_del_ciclo_progresista_cambio_de_epoca_pensamiento_perplejo
Continuando con el compendio de reflexiones que han contestado a quienes hablan del FCP, citemos ahora la reflexión del filósofo Manuel Azuaje Reverón, quien ha destacado oportunamente que la relación conflictiva de esta izquierda fatalista con los gobiernos progresistas, radica en la particular visión que tienen sobre la política, cuyo discurso nace de la lógica de los movimientos sociales y su relación con el poder del Estado. Un ejemplo de esta visión es Raúl Zibechi, quien desde el autonomismo de los movimientos y como crítico del llamado extractivismo, ha mantenido siempre una distancia crítica respecto a los gobiernos de la primavera política. Sobre la postura de este teórico, Azuaje destaca su afirmación determinante según la cual el ciclo progresista no representó un avance aunque, extrañamente, no se compromete con la opinión de que haya sido un retroceso.

Sobre este punto, estamos en presencia de algunas de las “contradicciones creativas de la revolución” planteadas por García Linera en uno de sus libros, entre la necesidad del desarrollo y la modernización por medio del aprovechamiento de los recursos naturales y una “transformación sensata” de la naturaleza, y las implicaciones ecológicas que tal política conlleva. Durante su intervención en el marco de la clausura de uno de los Foros Internacionales de Filosofía de Venezuela, el vicepresidente de Bolivia sugirió la solución: cabalgar las contradicciones.

¿Fundamentalismo de los movimientos sociales? ¿Una lógica impertinente para el nuevo paradigma emancipatorio? ¿Un planteamiento necesario aunque situado en otro tiempo y espacio? Son preguntas para el debate.

Azuaje también alude una cuestión de vital importancia: los heraldos del FCP no consideran en sus análisis los ataques y asedios continuados que han sufrido los gobiernos progresistas de la región por parte de las oligarquías regionales coaligadas y, como siempre, de los factores neocoloniales-imperiales. Así, las críticas y diagnósticos negativos de los Zibechi de la región, se basan casi exclusivamente en las condiciones internas de esos gobiernos. Azuaje esboza claramente las líneas principales que emergen desde los movimientos y organizaciones de base:

“Todo indica que si en algún caso, se han llevado a cabo políticas que no respondan a las exigencias de los movimientos sociales, o la amplia mayoría de esas naciones, se debe a que esos proyectos se encuentran agotados, han encontrado un límite infranqueable en su camino o han traicionado sus principios. Así, el fin del ciclo progresista se debería a la imposibilidad o incapacidad de esos gobiernos para realizar cambios reales. Porque sólo se han encargado de administrar el capitalismo, manejar el Estado y explotar los recursos naturales. La limitación está en la constitución intrínseca de esos proyectos.”

Sobre este particular, ensayemos la siguiente hipótesis: la visión democrática radical y por lo general local ―a lo sumo regional―, y un autonomismo muchas veces considerado “anárquico” desde los gobiernos, impiden a la dirigencia de las organizaciones populares detenerse a considerar los contextos geopolíticos que muchas veces explican la necesidad de centralización a ultranza del proceso de toma de decisiones, por elementales razones de “soberanía de Estado”, o la toma de decisiones que aparentemente entroncan con los intereses de las organizaciones y movimientos de base, y que fácilmente son calificados como verticales y antidemocráticos. Continua...

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