El primero de junio de 2002, nueve meses luego de los atroces acontecimientos terroristas del 11 de septiembre de 2001, George W. Bush Jr, el entonces presidente de Estados Unidos, formuló un discurso
en la Academia militar de West Point en el que ordenaba transformar las fuerzas armadas de Estados Unidos en una "fuerza militar preparada para atacar en cualquier momento en cualquier oscuro rincón del
mundo". Puntualizó el mandatario que "debemos descubrir células de terror en 60 o más países."
El 7 de junio último, el New York Times publicó un artículo editorial titulado “La Historia secreta del Equipo SEAL 6” que narra las “heroicas” acciones de una de las más conocidas unidades de cacería humana con escasa supervisión superior desarrollada por Estados Unidos a raíz de aquella demencial orden presidencial. A esta unidad se atribuye el asesinato de Osama Bin Laden y, al cabo de una década de su existencia, se le considera prototipo de la maquinaria de cacería humana global que opera Washington.
Esta narración forma parte de la historia oculta de los SEAL, unidades de la Marina estadounidense que constituye una de las organizaciones militares más mitologizadas, más reservadas y menos escudriñadas de
las fuerzas armadas de Estados Unidos.
Está diseñada para una forma de guerra que no se decida por las victorias y derrotas en el campo de batalla, sino por la intensidad con que se liquide a los sospechosos de ser oponentes, antes que comiencen los combates. Originalmente era un pequeño grupo reservado para misiones “raras”, pero se fue transformando en una maquinaria de cacería humana global con poca supervisión oficial.
Casi todo lo relacionado con el Equipo 6 del SEAL es secreto. Ha realizado mortales misiones desde bases secretas en Somalia. En Afganistán, ha participado en combates cuerpo a cuerpo en los que su personal se ha empapado de sangre ajena.
Para incursiones clandestinas en la oscuridad de la noche, sus armas preferidas suelen ser carabinas comunes modificadas para fines específicos o hachas tomahawk. Recorren clandestinamente el mundo encubiertos como empleados civiles de empresas o de embajadas, tripulantes de naves comerciales o cualquier otro disfraz apropiado a la tarea específica, tras objetivos humanos que Estados Unidos pretende asesinar, capturar o neutralizar.
El equipo 6 de SEAL realiza misiones que desdibujan las líneas tradicionales entre el soldado y el espía. Durante las guerras en que interviene puede desdoblarse para operaciones clandestinas de inteligencia, o unirse a agentes de la CIA para otras iniciativas.
Realiza algunas de las misiones más peligrosas, las que se consideran demasiado arriesgadas para tropas convencionales. Ha realizado miles de peligrosas incursiones contra líderes adversarios para debilitar
sus redes de militantes, pero esas actividades han generado preocupación por la matanza excesiva de civiles que han provocado. Pobladores afganos y un comandante británico acusaron a SEAL de matar indiscriminadamente a un grupo de jóvenes durante una incursión en una aldea, lo que provocó tensiones con las autoridades afganas. Un rehén estadounidense que fue liberado en dramático rescate ha cuestionado por qué los SEAL masacraron a todos sus captores.
Ni siquiera los supervisores civiles de los militares examinan regularmente las operaciones de la unidad. "Esta es un área de la que el Congreso notoriamente no quiere saber demasiado," dijo un asesor jurídico del Departamento de Estado, que orienta a la administración de Obama sobre asuntos de la guerra clandestina.
La campaña de ataques con drones de la CIA se ha quejado a los políticos porque el secretismo en torno al equipo 6 imposibilita evaluar el registro y las consecuencias de sus acciones, incluyendo las bajas civiles o el profundo resentimiento contra Estados Unidos que dejan sus acciones dentro de los países donde operan.
SEAL es un acrónimo proveniente del inglés referido a las fuerzas de mar, aire y tierra donde operan (Sea, Air, Land) y en recuerdo a los hombres ranas de la II Guerra Mundial. Lo de “Equipo 6” recuerda al
grupo que fracasó en 1980 en el rescate de 53 rehenes USAmericanos en la toma de la Embajada de Estados Unidos en Teherán y también servía como desinformación acerca del número de equipos SEAL con que contaban entonces, que eran sólo dos.
Mucho dinero del contribuyente estadounidense ha tragado el equipo 6 de SEAL desde el año 2001. Ha ampliado sus filas hasta contar hoy con unos 300 soldados en sus tropas de asalto y 1.500 operadores, incluyendo personal de apoyo para satisfacer nuevas demandas. Entrenados para la recuperación de rehenes y otras misiones peligrosas, desde 2003 han intentado por lo menos 10 importantes rescates que han sido sus más celebrados éxitos y más amargos fracasos.
Junio 13 de 2015.
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Posturas críticas, reflexivas. Opinión profesional de rasgos independientes. Aportes con sustancia. Contexto despolarizante
martes, 16 de junio de 2015
Marcelo Colussi: Enriquecimiento lícito e ilícito: consideraciones necesarias
Guatemala
En Guatemala, desde hace ya más de un mes se vive un clima de movilización social realmente rico, fresco, a todas luces revitalizador. La población –en principio clases medias citadinas, pero luego mucho más que eso: algunos sectores campesinos, trabajadores varios, estudiantes universitarios de distintas casas de estudios– han reaccionado a hechos de corrupción del gobierno que se han conocido en forma pública. La indignación, más allá que pueda haber manipulación de sectores interesados, es genuina, absolutamente espontánea. Las marchas de protestas nacen de la honesta irritación ante los abusos.
Las grandes mayorías populares, producto de la sangrienta represión vivida durante la pasada guerra interna y de las brutales políticas de capitalismo salvaje de estas últimas décadas (neoliberalismo), han quedado desmotivadas, desmovilizadas. Es sano, esperanzador incluso, que ahora reaccionen.
¿Por qué se reacciona contra la corrupción? Se podría decir que la corrupción es una de las tantas facetas de una situación caótica, o más bien: injusta, profundamente injusta, que estructura a la sociedad guatemalteca. Guatemala, debe quedar claro, no es un país pobre; de hecho, es la primera economía de la región centroamericana y la decimoprimera de América Latina. En todo caso, es tremendamente inequitativa, asimétrica, que no es lo mismo que pobre. Un mínimo porcentaje (unas cuantas familias) concentran en forma abrumadora la riqueza nacional, en tanto el 53% de la población total vive por debajo de los límites de pobreza (2 dólares diarios, según el estándar establecido por Naciones Unidas). Casi la mitad de los trabajadores no cobra el salario mínimo –de por sí muy escaso–, mientras que en zona rural los trabajadores agrícolas en casi 90% no cobran el salario de ley. Por otra parte, ese sueldo mínimo apenas cubre la mitad de la cesta básica.
En otros términos: en Guatemala, pese a la riqueza existente, la población vive mal, muy mal. Está entre los 5 países del mundo con mayor nivel de desnutrición infantil, pese a ser un productor neto de alimentos, y alrededor de dos terceras partes de su población económicamente activa (en buena medida niños y jóvenes) o trabaja en condiciones de precariedad (sin prestaciones sociales) o se encuentra abiertamente desocupada. El Estado, en tanto órgano regulador de la vida social, brilla por su ausencia en la provisión de servicios básicos. Por lo pronto, es un Estado raquítico, que vive de unos magros impuestos –fundamentalmente impuestos directos, pagados por la clase trabajadora– teniendo una de las cargas impositivas más bajas de todo el continente (según los Acuerdos de Paz de 1996 se debía llegar a un piso mínimo del 12% del producto interno bruto, para luego seguir ascendiendo, siendo la realidad actual que apenas si se llega a un 10% de lo producido que va a para al Estado como carga tributaria).
Dicho de otro modo: la corrupción es uno más entre tantos males que aquejan a Guatemala, quizá no el primero ni el más importante. La exclusión de grandes masas populares no se debe SÓLO al enriquecimiento ilícito de una mafia enquistada en el actual poder político. Si hay pobreza estructural, exclusión histórica, a lo que se suma un racismo atroz que condena a alguien a ser humillado por su pertenencia étnica (“seré pobre pero no indio”, puede decir un no-indígena), ello no es SÓLO por los funcionarios venales que hacen del Estado (nacional o local, no importa) un botín de guerra. La corrupción puede ayudar, pero NO ES LA CAUSA del actual desastre.
Por supuesto que la corrupción es despreciable. ¿Quién en su sano juicio podría justificarla, mucho menos aplaudirla? Tal como la caracterizó hace algunos años un sínodo de obispos (Ecuador, 1988, caracterización que sigue siendo absolutamente válida al día de hoy), la corrupción es “un mal que corroe las sociedades y las culturas, se vincula con otras formas de injusticia e inmoralidades, provoca crímenes y asesinatos, violencia, muerte y toda clase de impunidad; genera marginalidad, exclusión y miedo (…) mientras utiliza ilegítimamente el poder en su provecho. Afecta a la administración de justicia, a los procesos electorales, al pago de impuestos, a las relaciones económicas y comerciales nacionales e internacionales, a la comunicación social. (…) Refleja el deterioro de los valores y virtudes morales, especialmente de la honradez y la justicia. Atenta contra la sociedad, el orden moral, la estabilidad democrática y el desarrollo de los pueblos”.
La reacción popular que está teniendo lugar en este momento comenzó como un grito contra los ilícitos cometidos por los gobernantes al destaparse casos de abuso de poder y abierta corrupción, como por ejemplos los de la Superintendencia de Administración Tributaria (defraudación aduanera), o la supuesta limpieza (fraudulenta) del contaminado lago de Amatitlán, o los millonarios desfalcos en el Seguro Social. De momento la indignación por el lujo descarado de los pervertidos, deshonestos e inmorales funcionarios que robaron el erario público está en ascenso. Nada se dice, sin embargo, de la injusticia estructural que recorre la sociedad. Y que es, en definitiva, la que permite la corrupción.
Estos funcionarios están directa o indirectamente ligados a las fuerzas armadas que algunas décadas atrás defendían a sangre y fuego la propiedad privada de los multimillonarios de siempre. Ahora, por vericuetos de la historia, también ellos devinieron millonarios. “Nuevos ricos”, podría decírseles. Y es ahí donde se pretende introducir la presente consideración crítica.
Sus fortunas, hechas en forma ilícita (mansiones lujosas, vehículos despampanantes, helicópteros, joyas, ropa muy fina, perfumes a la moda, caballos de carrera, cenas pantagruélicas), en términos descriptivos, no son distintas a las de los “viejos ricos”. ¿En qué difieren? Al decir esto, pido que se lea y se piense bien en el sentido del análisis que aquí se pretende presentar: ¡¡por nada del mundo se está justificando o quitándole responsabilidad ética a la corrupción!! Los dineros con que se amasaron esas fortunas provienen de un descarado robo a los fondos públicos. “Refleja el deterioro de los valores y virtudes morales, especialmente de la honradez y la justicia. Atenta contra la sociedad, el orden moral, la estabilidad democrática y el desarrollo de los pueblos”, decían los prelados. Pero…, ¿cómo se hacen las fortunas lícitas?
El actual alcalde de Mixco, hijo del actual presidente, se pasea orondo en un automóvil de lujo de 250,000 dólares de valor. Alguien, indignado por esa muestra de descaro y desfachatez, dijo con honestidad: “parece el hijo de un petrolero árabe”. Pregunto: el hijo de un jeque dueño de toda esa riqueza (que, por supuesto, no amasa con sus propias manos sino con el trabajo de otros), ¿tiene legítimo derecho a tener un Ferrari de un cuarto de millón de dólares?
El mundo humano es una construcción social, histórica. Nada hay “natural”, dado de antemano, producto de los instintos o derivado de designios divinos: ni la forma de vestirse, de marcar diferencias de “alcurnia”, de comer ni de defecar. Todo, absolutamente todo está marcado por los códigos sociales, por procesos históricos: se puede usar un inodoro con bidet incluido (con agua caliente, quizá perfumada) o hacerlo en cuclillas en el monte. Es la “naturaleza” social la que decide nuestra posición, nuestro destino, nuestras identidades. ¿Es “natural”, lícito, ya establecido y asumido como normal que el hijo del multimillonario petrolero pueda tener un Ferrari? ¿Pero de dónde le viene esa inconmensurable riqueza?
El mundo se construye así: son códigos predeterminados los que nos fijan lo normal y lo que no lo es, lo correcto y lo incorrecto, lo lícito y lo ilícito. ¿No es eso la ideología acaso? Y como pasa siempre cuando hablamos de ideología: el esclavo piensa con la cabeza del amo, “la ideología dominante de una época es la ideología de la clase dominante”, enseñó un pensador decimonónico supuestamente pasado de moda hoy.
Es normal que los “ricos de siempre” tengan mansiones lujosas, vehículos despampanantes, helicópteros, joyas, ropa muy fina, perfumes a la moda, caballos de carrera, cenas pantagruélicas y que su voz de mando sea obedecida. Si preguntamos cómo hicieron su fortuna, hoy lícita, sin dudas aparecerán cuestionamientos. ¿Trabajando quizá?
Dijo Bernal Díaz del Castillo, uno de los primeros conquistadores españoles llegados a estas tierras del Nuevo Mundo a principios del siglo XVI, que aquí venían “a traer la fe católica, a servir a Su Majestad… y a hacerse ricos”. Hasta donde se sabe, nadie, absolutamente nadie logró hacerse rico (es decir: tener mansiones lujosas, vehículos despampanantes, helicópteros, joyas, ropa muy fina, perfumes a la moda, caballos de carrera, cenas pantagruélicas) con el esfuerzo de su trabajo. Lo ¿ilícito? de ayer se legaliza y se convierte en lo lícito de hoy. Dicho sea de paso, muchos de los asesinos y escoria social de España que venía a las tierras americanas a “hacerse ricos”, lo lograron. Después vino la alcurnia, el abolengo, el refinamiento, se compraron títulos nobiliarios y se transformaron en “lícitos”. A la base de cualquier fortuna –en Guatemala y en cualquier parte del mundo– hay siempre, inexorablemente, un crimen. “La propiedad privada [de los medios de producción] es el primer robo de la historia”, dijo el citado pensador.
Estas breves consideraciones pretenden ser una prolongación de la iniciada lucha contra la corrupción. Luchar contra ella está bien. Es una cabal y sana muestra de salud ciudadana. En la República Popular China, dicho sea de paso, sin miramientos se fusila a los funcionarios corruptos. ¡¡Se los fusila!! ¿Se fusilará a alguien en Guatemala en esta ola de “moralidad anticorrupción” que se ha puesto en marcha? Pero para no quedarnos cojos, no dejemos de pensar que la corrupción es el producto de una estructura social donde el robo está legalizado. Hacia eso debemos apuntar en definitiva: ¿hay enriquecimientos lícitos?
mmcolussi@gmai.com,
https://www.facebook.com/marcelo.colussi.33
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En Guatemala, desde hace ya más de un mes se vive un clima de movilización social realmente rico, fresco, a todas luces revitalizador. La población –en principio clases medias citadinas, pero luego mucho más que eso: algunos sectores campesinos, trabajadores varios, estudiantes universitarios de distintas casas de estudios– han reaccionado a hechos de corrupción del gobierno que se han conocido en forma pública. La indignación, más allá que pueda haber manipulación de sectores interesados, es genuina, absolutamente espontánea. Las marchas de protestas nacen de la honesta irritación ante los abusos.
Las grandes mayorías populares, producto de la sangrienta represión vivida durante la pasada guerra interna y de las brutales políticas de capitalismo salvaje de estas últimas décadas (neoliberalismo), han quedado desmotivadas, desmovilizadas. Es sano, esperanzador incluso, que ahora reaccionen.
¿Por qué se reacciona contra la corrupción? Se podría decir que la corrupción es una de las tantas facetas de una situación caótica, o más bien: injusta, profundamente injusta, que estructura a la sociedad guatemalteca. Guatemala, debe quedar claro, no es un país pobre; de hecho, es la primera economía de la región centroamericana y la decimoprimera de América Latina. En todo caso, es tremendamente inequitativa, asimétrica, que no es lo mismo que pobre. Un mínimo porcentaje (unas cuantas familias) concentran en forma abrumadora la riqueza nacional, en tanto el 53% de la población total vive por debajo de los límites de pobreza (2 dólares diarios, según el estándar establecido por Naciones Unidas). Casi la mitad de los trabajadores no cobra el salario mínimo –de por sí muy escaso–, mientras que en zona rural los trabajadores agrícolas en casi 90% no cobran el salario de ley. Por otra parte, ese sueldo mínimo apenas cubre la mitad de la cesta básica.
En otros términos: en Guatemala, pese a la riqueza existente, la población vive mal, muy mal. Está entre los 5 países del mundo con mayor nivel de desnutrición infantil, pese a ser un productor neto de alimentos, y alrededor de dos terceras partes de su población económicamente activa (en buena medida niños y jóvenes) o trabaja en condiciones de precariedad (sin prestaciones sociales) o se encuentra abiertamente desocupada. El Estado, en tanto órgano regulador de la vida social, brilla por su ausencia en la provisión de servicios básicos. Por lo pronto, es un Estado raquítico, que vive de unos magros impuestos –fundamentalmente impuestos directos, pagados por la clase trabajadora– teniendo una de las cargas impositivas más bajas de todo el continente (según los Acuerdos de Paz de 1996 se debía llegar a un piso mínimo del 12% del producto interno bruto, para luego seguir ascendiendo, siendo la realidad actual que apenas si se llega a un 10% de lo producido que va a para al Estado como carga tributaria).
Dicho de otro modo: la corrupción es uno más entre tantos males que aquejan a Guatemala, quizá no el primero ni el más importante. La exclusión de grandes masas populares no se debe SÓLO al enriquecimiento ilícito de una mafia enquistada en el actual poder político. Si hay pobreza estructural, exclusión histórica, a lo que se suma un racismo atroz que condena a alguien a ser humillado por su pertenencia étnica (“seré pobre pero no indio”, puede decir un no-indígena), ello no es SÓLO por los funcionarios venales que hacen del Estado (nacional o local, no importa) un botín de guerra. La corrupción puede ayudar, pero NO ES LA CAUSA del actual desastre.
Por supuesto que la corrupción es despreciable. ¿Quién en su sano juicio podría justificarla, mucho menos aplaudirla? Tal como la caracterizó hace algunos años un sínodo de obispos (Ecuador, 1988, caracterización que sigue siendo absolutamente válida al día de hoy), la corrupción es “un mal que corroe las sociedades y las culturas, se vincula con otras formas de injusticia e inmoralidades, provoca crímenes y asesinatos, violencia, muerte y toda clase de impunidad; genera marginalidad, exclusión y miedo (…) mientras utiliza ilegítimamente el poder en su provecho. Afecta a la administración de justicia, a los procesos electorales, al pago de impuestos, a las relaciones económicas y comerciales nacionales e internacionales, a la comunicación social. (…) Refleja el deterioro de los valores y virtudes morales, especialmente de la honradez y la justicia. Atenta contra la sociedad, el orden moral, la estabilidad democrática y el desarrollo de los pueblos”.
La reacción popular que está teniendo lugar en este momento comenzó como un grito contra los ilícitos cometidos por los gobernantes al destaparse casos de abuso de poder y abierta corrupción, como por ejemplos los de la Superintendencia de Administración Tributaria (defraudación aduanera), o la supuesta limpieza (fraudulenta) del contaminado lago de Amatitlán, o los millonarios desfalcos en el Seguro Social. De momento la indignación por el lujo descarado de los pervertidos, deshonestos e inmorales funcionarios que robaron el erario público está en ascenso. Nada se dice, sin embargo, de la injusticia estructural que recorre la sociedad. Y que es, en definitiva, la que permite la corrupción.
Estos funcionarios están directa o indirectamente ligados a las fuerzas armadas que algunas décadas atrás defendían a sangre y fuego la propiedad privada de los multimillonarios de siempre. Ahora, por vericuetos de la historia, también ellos devinieron millonarios. “Nuevos ricos”, podría decírseles. Y es ahí donde se pretende introducir la presente consideración crítica.
Sus fortunas, hechas en forma ilícita (mansiones lujosas, vehículos despampanantes, helicópteros, joyas, ropa muy fina, perfumes a la moda, caballos de carrera, cenas pantagruélicas), en términos descriptivos, no son distintas a las de los “viejos ricos”. ¿En qué difieren? Al decir esto, pido que se lea y se piense bien en el sentido del análisis que aquí se pretende presentar: ¡¡por nada del mundo se está justificando o quitándole responsabilidad ética a la corrupción!! Los dineros con que se amasaron esas fortunas provienen de un descarado robo a los fondos públicos. “Refleja el deterioro de los valores y virtudes morales, especialmente de la honradez y la justicia. Atenta contra la sociedad, el orden moral, la estabilidad democrática y el desarrollo de los pueblos”, decían los prelados. Pero…, ¿cómo se hacen las fortunas lícitas?
El actual alcalde de Mixco, hijo del actual presidente, se pasea orondo en un automóvil de lujo de 250,000 dólares de valor. Alguien, indignado por esa muestra de descaro y desfachatez, dijo con honestidad: “parece el hijo de un petrolero árabe”. Pregunto: el hijo de un jeque dueño de toda esa riqueza (que, por supuesto, no amasa con sus propias manos sino con el trabajo de otros), ¿tiene legítimo derecho a tener un Ferrari de un cuarto de millón de dólares?
El mundo humano es una construcción social, histórica. Nada hay “natural”, dado de antemano, producto de los instintos o derivado de designios divinos: ni la forma de vestirse, de marcar diferencias de “alcurnia”, de comer ni de defecar. Todo, absolutamente todo está marcado por los códigos sociales, por procesos históricos: se puede usar un inodoro con bidet incluido (con agua caliente, quizá perfumada) o hacerlo en cuclillas en el monte. Es la “naturaleza” social la que decide nuestra posición, nuestro destino, nuestras identidades. ¿Es “natural”, lícito, ya establecido y asumido como normal que el hijo del multimillonario petrolero pueda tener un Ferrari? ¿Pero de dónde le viene esa inconmensurable riqueza?
El mundo se construye así: son códigos predeterminados los que nos fijan lo normal y lo que no lo es, lo correcto y lo incorrecto, lo lícito y lo ilícito. ¿No es eso la ideología acaso? Y como pasa siempre cuando hablamos de ideología: el esclavo piensa con la cabeza del amo, “la ideología dominante de una época es la ideología de la clase dominante”, enseñó un pensador decimonónico supuestamente pasado de moda hoy.
Es normal que los “ricos de siempre” tengan mansiones lujosas, vehículos despampanantes, helicópteros, joyas, ropa muy fina, perfumes a la moda, caballos de carrera, cenas pantagruélicas y que su voz de mando sea obedecida. Si preguntamos cómo hicieron su fortuna, hoy lícita, sin dudas aparecerán cuestionamientos. ¿Trabajando quizá?
Dijo Bernal Díaz del Castillo, uno de los primeros conquistadores españoles llegados a estas tierras del Nuevo Mundo a principios del siglo XVI, que aquí venían “a traer la fe católica, a servir a Su Majestad… y a hacerse ricos”. Hasta donde se sabe, nadie, absolutamente nadie logró hacerse rico (es decir: tener mansiones lujosas, vehículos despampanantes, helicópteros, joyas, ropa muy fina, perfumes a la moda, caballos de carrera, cenas pantagruélicas) con el esfuerzo de su trabajo. Lo ¿ilícito? de ayer se legaliza y se convierte en lo lícito de hoy. Dicho sea de paso, muchos de los asesinos y escoria social de España que venía a las tierras americanas a “hacerse ricos”, lo lograron. Después vino la alcurnia, el abolengo, el refinamiento, se compraron títulos nobiliarios y se transformaron en “lícitos”. A la base de cualquier fortuna –en Guatemala y en cualquier parte del mundo– hay siempre, inexorablemente, un crimen. “La propiedad privada [de los medios de producción] es el primer robo de la historia”, dijo el citado pensador.
Estas breves consideraciones pretenden ser una prolongación de la iniciada lucha contra la corrupción. Luchar contra ella está bien. Es una cabal y sana muestra de salud ciudadana. En la República Popular China, dicho sea de paso, sin miramientos se fusila a los funcionarios corruptos. ¡¡Se los fusila!! ¿Se fusilará a alguien en Guatemala en esta ola de “moralidad anticorrupción” que se ha puesto en marcha? Pero para no quedarnos cojos, no dejemos de pensar que la corrupción es el producto de una estructura social donde el robo está legalizado. Hacia eso debemos apuntar en definitiva: ¿hay enriquecimientos lícitos?
mmcolussi@gmai.com,
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lunes, 15 de junio de 2015
Maryclen Stelling: La política en la jungla mediática
El barraganato entre medios y política nos trae a la memoria una frase que leímos hace algún tiempo, “nada políticamente importante existe si no es a través de los medios de comunicación”.
Es indudable que los medios han transformado el ejercicio de la política, modificado las claves para la construcción del discurso público y, por ende, trastocado la manera en que políticos y políticas se dirigen a la ciudadanía. Es tal la influencia y la relación de dependencia, que se ha creado el término “democracia mediática”. Cuando de la televisión se trata, algunos estudiosos plantean un nuevo estilo de democracia denominada “de las audiencias”, producto del imperio de la sociedad de la imagen que ha penetrado la política. En ese caso, “el líder electrónico no tiene pueblo, tiene público, tiene espectadores”. G. Sartori ha acuñado el término “videopolítica” y denunciado la “desconceptualización” del discurso político, la manipulación de la cultura democrática y la transformación de la política en show business. Quizá ello explique algunas candidaturas surgidas en los últimos comicios, producto del salto desde la industria del espectáculo hacia la política y viceversa.
Esa perversa solución de continuidad entre política y medios indudablemente ha contaminado el discurso político. Tal suerte de claudicación supone el sacrificio de la argumentación en el debate ante la forma en que se presentan las ideas. De allí que prive la inmediatez, la superficialidad, lo simple y lo novedoso, o sea el criollo “tubazo”. En la procura de credibilidad y emotividad “mediática”, se recurre al reduccionismo, a lo anecdótico y a la supuesta eficacia de los ejemplos. Destacan la espectacularidad de los conflictos que conviven con la simplificación de los problemas, de la crisis y hasta de los actores, elementalmente divididos entre buenos y malos. La discusión en torno a cualquier problema se reduce a posiciones enfrentadas que, en el caso venezolano, se limitan dos, Gobierno y oposición. En consecuencia, los temas a tratar se reducen a dos puntos de vista y se tiende a marginar, silenciar o estigmatizar aquellas perspectivas que escapan a la polarización política y argumental.
Los medios usurpan funciones políticas y la política claudica ante el imperio de los medios.
maryclens@yahoo.com
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Es indudable que los medios han transformado el ejercicio de la política, modificado las claves para la construcción del discurso público y, por ende, trastocado la manera en que políticos y políticas se dirigen a la ciudadanía. Es tal la influencia y la relación de dependencia, que se ha creado el término “democracia mediática”. Cuando de la televisión se trata, algunos estudiosos plantean un nuevo estilo de democracia denominada “de las audiencias”, producto del imperio de la sociedad de la imagen que ha penetrado la política. En ese caso, “el líder electrónico no tiene pueblo, tiene público, tiene espectadores”. G. Sartori ha acuñado el término “videopolítica” y denunciado la “desconceptualización” del discurso político, la manipulación de la cultura democrática y la transformación de la política en show business. Quizá ello explique algunas candidaturas surgidas en los últimos comicios, producto del salto desde la industria del espectáculo hacia la política y viceversa.
Esa perversa solución de continuidad entre política y medios indudablemente ha contaminado el discurso político. Tal suerte de claudicación supone el sacrificio de la argumentación en el debate ante la forma en que se presentan las ideas. De allí que prive la inmediatez, la superficialidad, lo simple y lo novedoso, o sea el criollo “tubazo”. En la procura de credibilidad y emotividad “mediática”, se recurre al reduccionismo, a lo anecdótico y a la supuesta eficacia de los ejemplos. Destacan la espectacularidad de los conflictos que conviven con la simplificación de los problemas, de la crisis y hasta de los actores, elementalmente divididos entre buenos y malos. La discusión en torno a cualquier problema se reduce a posiciones enfrentadas que, en el caso venezolano, se limitan dos, Gobierno y oposición. En consecuencia, los temas a tratar se reducen a dos puntos de vista y se tiende a marginar, silenciar o estigmatizar aquellas perspectivas que escapan a la polarización política y argumental.
Los medios usurpan funciones políticas y la política claudica ante el imperio de los medios.
maryclens@yahoo.com
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Ignacio Ramonet: La nueva geopolítica del petróleo
¿Qué tienen que ver con la subida y bajada del precio del barril de petróleo, el fráking y la retirada de USA del Oriente Próximo?
¿En qué contexto general se está dibujando la nueva geopolítica del petróleo? El país hegemónico, Estados Unidos, considera a China como la única potencia contemporánea capaz, a medio plazo (en la segunda mitad del siglo XXI), de rivalizar con él y de amenazar su hegemonía solitaria a nivel mundial. Por ello, Washington instauró secretamente, desde principio de los años 2000, una “desconfianza estratégica” con respecto a Pekín.
El presidente Barack Obama decidió reorientar la política exterior norteamericana considerando como criterio principal este parámetro. Estados Unidos no quiere encontrarse de nuevo en la humillante situación de la Guerra Fría (1948-1989), cuando tuvo que compartir su hegemonía mundial con otra “superpotencia”, la Unión Soviética. Los consejeros de Obama formulan esta teoría de la siguiente manera: “Un sólo planeta, una sola superpotencia”.
En consecuencia, Washington no deja de incrementar sus fuerzas y sus bases militares en Asia Oriental para intentar “contener” a China. Pekín constata ya el bloqueo de su capacidad de expansión marítima por los múltiples “conflictos de los islotes” con Corea del Sur, Taiwán, Japón, Vietnam, Filipinas… Y por la poderosa presencia de la VIIª flota de Estados Unidos. Paralelamente, la diplomacia norteamericana refuerza sus relaciones con todos los Estados que poseen fronteras terrestres con China (exceptuando a Rusia). Lo que explica el reciente y espectacular acercamiento de Washington con Vietnam y con Birmania.
Esta política prioritaria de atención hacia el Extremo Oriente y de contención de China sólo es posible si Estados Unidos logra poder alejarse de Oriente Próximo. En este escenario estratégico, Washington interviene tradicionalmente en tres ámbitos. En primer lugar, en el ámbito militar: Washington se encuentra inmerso en varios conflictos, especialmente en Afganistán contra los talibanes y en Irak-Siria contra la Organización del Estado Islámico. En segundo lugar, en el ámbito de la diplomacia, en particular con la República Islámica de Irán, con el objetivo de limitar su expansión ideológica e impedir el acceso de Teherán a la fuerza nuclear. Y, en tercer lugar, en el ámbito de la solidaridad, especialmente con respecto a Israel, para quien Estados Unidos sigue siendo una especie de “protector en última instancia”.
Esta “sobreimplicación” directa de Washington en la región (particularmente después de la Guerra del Golfo en 1991) ha mostrado los “límites de la potencia norteamericana”, que no ha podido ganar realmente ninguno de los conflictos en los cuales se ha implicado fuertemente (Irak, Afganistán). Conflictos que han tenido, para las arcas de Washington, un coste astronómico con consecuencias desastrosas incluso para el sistema financiero internacional.
Actualmente, Washington tiene claro que Estados Unidos no puede realizar simultáneamente dos grandes guerras de alcance mundial. Por lo tanto, la alternativa es la siguiente: o Estados Unidos continúa implicándose en el “pantanal” de Oriente Próximo en conflictos típicos del siglo XIX; o se concentra en la urgente contención de China, cuyo fulgurante impulso podría anunciar a medio plazo la decadencia de Estados Unidos.
La decisión de Barack Obama es obvia: debe hacer frente al segundo reto, pues éste será decisivo para el futuro de Estados Unidos en el siglo XXI. En consecuencia, este país debe retirarse progresivamente –pero imperativamente– de Oriente Próximo.
Aquí se plantea una pregunta: ¿por qué Estados Unidos se ha implicado tanto en Oriente Próximo, hasta el punto de descuidar al resto del mundo, desde el fin de la Guerra Fría? Para esta pregunta, la repuesta puede limitarse a una palabra: petróleo.
Desde que Estados Unidos dejó de ser autosuficiente en lo que al petróleo se refiere, a finales de los años 1940, el control de las principales zonas de producción de hidrocarburos se convirtió en una “obsesión estratégica” norteamericana. Lo cual explica parcialmente la “diplomacia de los golpes de Estado” de Washington, especialmente en Oriente Medio y en América Latina.
En Oriente Próximo, en los años 1950, a medida que el viejo Imperio Británico se retiraba y quedaba reducido a su archipiélago inicial, el Imperio estadounidense lo reemplazaba mientras colocaba a la cabeza de los países de esas regiones a sus “hombres”, sobre todo en Arabia Saudí y en Irán, principales productores de petróleo del mundo, junto con Venezuela, ya bajo control estadounidense en la época.
Hasta hace poco, la dependencia de Washington respecto al petróleo y al gas de Oriente Próximo le impidió considerar la posibilidad de retirarse de la región. ¿Qué ha cambiado entonces para que Estados Unidos piense ahora en retirarse de Oriente Próximo? El petróleo y el gas de esquisto, cuya producción por el método llamado “fracking” aumentó significativamente a comienzos de los años 2000. Eso modificó todos los parámetros. La explotación de ese tipo de hidrocarburos (cuyo coste es más elevado que el del petróleo “tradicional”) fue favorecida por el importante aumento del precio de los hidrocarburos que, en promedio, superaron los 100 dólares por barril entre 2010 y 2013.
Actualmente, Estados Unidos ha recuperado la autosuficiencia energética e incluso está convirtiéndose otra vez en un importante exportador de hidrocarburos. Por lo tanto, ya puede por fin considerar la posibilidad de retirarse de Oriente Próximo, con la condición de cauterizar rápidamente varias heridas que, en algunos casos, datan de más de un siglo.
Por esa razón, Obama retiró casi la totalidad de las tropas norteamericanas de Irak y de Afganistán. Estados Unidos participó muy discretamente en los bombardeos de Libia y se negó a intervenir contra las autoridades de Damasco, en Siria. Por otra parte, Washington busca a marchas forzadas un acuerdo con Teherán sobre el tema nuclear y presiona a Israel para que su gobierno progrese urgentemente hacia un acuerdo con los palestinos. En todos estos temas se percibe el deseo de Washington de cerrar los frentes en Oriente Próximo para pasar a otra cuestión (China) y olvidar así las pesadillas de Oriente Próximo.
Todo esto se desarrollaba perfectamente mientras los precios del petróleo seguían altos, cerca de 100 dólares el barril. El precio de explotación del barril de petróleo de esquisto es de aproximadamente 60 dólares, lo que deja a los productores un margen considerable (entre 30 y 40 dólares el barril).
Aquí es donde Arabia Saudí ha decidido intervenir. Riad se opone a que Estados Unidos se retire de Oriente Próximo. Sobre todo si Washington establece antes un acuerdo sobre el tema nuclear con Teherán, lo que los saudíes consideran demasiado favorable a Irán. Además, según la monarquía wahabita, expondría a los saudíes, y a los suníes en general, a convertirse en víctimas de lo que llaman “el expansionismo chií”. Hay que tener presente que los principales yacimientos de hidrocarburos saudíes se encuentran en zonas de población chií.
Considerando que dispone de las segundas reservas mundiales de petróleo, Arabia Saudí decidió usar el petróleo para sabotear la estrategia norteamericana. Oponiéndose a las consignas de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), Riad decidió, contra toda lógica comercial aparente, aumentar considerablemente su producción y hacer de ese modo bajar los precios del petróleo, inundando el mercado de petróleo barato. La estrategia dio rápidamente resultados. En poco tiempo, los precios del petróleo bajaron un 50%. El precio del barril descendió a 40 dólares (antes de subir ligeramente hasta aproximadamente 55-60 dólares actualmente).
Esta política asestó un duro golpe al “fracking”. La mayoría de los grandes productores estadounidenses de gas de esquisto están actualmente en crisis, endeudados y corren el riesgo de quebrar (lo que implica una amenaza para el sistema bancario norteamericano que, generosamente, había ofrecido abundantes créditos a los neopetroleros). A 40 dólares el barril, el esquisto ya no resulta rentable. Ni las excavaciones profundas “off shore”. Numerosas compañías petroleras importantes ya han anunciado que cesan sus explotaciones en alta mar porque no son rentables, provocando la pérdida de decenas de miles de empleos.
Una vez más, el petróleo es menos abundante. Y los precios suben ligeramente. Pero las reservas de Arabia Saudí son suficientemente importantes para que Riad regule el flujo y ajuste su producción de manera que permita un ligero aumento del precio (hasta 60 dólares aproximadamente) pero sin que se lleguen a superar los límites que permitirían reanudar la producción mediante el “fracking” y en los yacimientos marítimos a gran profundidad. De este modo, Riad se ha convertido en el árbitro absoluto en materia de precio del petróleo (parámetro decisivo para las economías de decenas de países entre los cuales figuran Argelia, Venezuela, Nigeria, México, Indonesia, etc.).
Estas nuevas circunstancias obligan a Barack Obama a reconsiderar sus planes. La crisis del “fracking” podría representar el fin de la autosuficiencia de energía fósil en Estados Unidos. Y, por lo tanto, la vuelta a la dependencia de Oriente Próximo (y también de Venezuela, por ejemplo). Por ahora, Riad parece haber ganado su apuesta. ¿Hasta cuándo?
Fuente: http://www.monde-diplomatique.es/?url=editorial/0000856412872168186811102294251000/editorial/?articulo=9717e131-315e-4440-a96d-e69686340af6#
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¿En qué contexto general se está dibujando la nueva geopolítica del petróleo? El país hegemónico, Estados Unidos, considera a China como la única potencia contemporánea capaz, a medio plazo (en la segunda mitad del siglo XXI), de rivalizar con él y de amenazar su hegemonía solitaria a nivel mundial. Por ello, Washington instauró secretamente, desde principio de los años 2000, una “desconfianza estratégica” con respecto a Pekín.
El presidente Barack Obama decidió reorientar la política exterior norteamericana considerando como criterio principal este parámetro. Estados Unidos no quiere encontrarse de nuevo en la humillante situación de la Guerra Fría (1948-1989), cuando tuvo que compartir su hegemonía mundial con otra “superpotencia”, la Unión Soviética. Los consejeros de Obama formulan esta teoría de la siguiente manera: “Un sólo planeta, una sola superpotencia”.
En consecuencia, Washington no deja de incrementar sus fuerzas y sus bases militares en Asia Oriental para intentar “contener” a China. Pekín constata ya el bloqueo de su capacidad de expansión marítima por los múltiples “conflictos de los islotes” con Corea del Sur, Taiwán, Japón, Vietnam, Filipinas… Y por la poderosa presencia de la VIIª flota de Estados Unidos. Paralelamente, la diplomacia norteamericana refuerza sus relaciones con todos los Estados que poseen fronteras terrestres con China (exceptuando a Rusia). Lo que explica el reciente y espectacular acercamiento de Washington con Vietnam y con Birmania.
Esta política prioritaria de atención hacia el Extremo Oriente y de contención de China sólo es posible si Estados Unidos logra poder alejarse de Oriente Próximo. En este escenario estratégico, Washington interviene tradicionalmente en tres ámbitos. En primer lugar, en el ámbito militar: Washington se encuentra inmerso en varios conflictos, especialmente en Afganistán contra los talibanes y en Irak-Siria contra la Organización del Estado Islámico. En segundo lugar, en el ámbito de la diplomacia, en particular con la República Islámica de Irán, con el objetivo de limitar su expansión ideológica e impedir el acceso de Teherán a la fuerza nuclear. Y, en tercer lugar, en el ámbito de la solidaridad, especialmente con respecto a Israel, para quien Estados Unidos sigue siendo una especie de “protector en última instancia”.
Esta “sobreimplicación” directa de Washington en la región (particularmente después de la Guerra del Golfo en 1991) ha mostrado los “límites de la potencia norteamericana”, que no ha podido ganar realmente ninguno de los conflictos en los cuales se ha implicado fuertemente (Irak, Afganistán). Conflictos que han tenido, para las arcas de Washington, un coste astronómico con consecuencias desastrosas incluso para el sistema financiero internacional.
Actualmente, Washington tiene claro que Estados Unidos no puede realizar simultáneamente dos grandes guerras de alcance mundial. Por lo tanto, la alternativa es la siguiente: o Estados Unidos continúa implicándose en el “pantanal” de Oriente Próximo en conflictos típicos del siglo XIX; o se concentra en la urgente contención de China, cuyo fulgurante impulso podría anunciar a medio plazo la decadencia de Estados Unidos.
La decisión de Barack Obama es obvia: debe hacer frente al segundo reto, pues éste será decisivo para el futuro de Estados Unidos en el siglo XXI. En consecuencia, este país debe retirarse progresivamente –pero imperativamente– de Oriente Próximo.
Aquí se plantea una pregunta: ¿por qué Estados Unidos se ha implicado tanto en Oriente Próximo, hasta el punto de descuidar al resto del mundo, desde el fin de la Guerra Fría? Para esta pregunta, la repuesta puede limitarse a una palabra: petróleo.
Desde que Estados Unidos dejó de ser autosuficiente en lo que al petróleo se refiere, a finales de los años 1940, el control de las principales zonas de producción de hidrocarburos se convirtió en una “obsesión estratégica” norteamericana. Lo cual explica parcialmente la “diplomacia de los golpes de Estado” de Washington, especialmente en Oriente Medio y en América Latina.
En Oriente Próximo, en los años 1950, a medida que el viejo Imperio Británico se retiraba y quedaba reducido a su archipiélago inicial, el Imperio estadounidense lo reemplazaba mientras colocaba a la cabeza de los países de esas regiones a sus “hombres”, sobre todo en Arabia Saudí y en Irán, principales productores de petróleo del mundo, junto con Venezuela, ya bajo control estadounidense en la época.
Hasta hace poco, la dependencia de Washington respecto al petróleo y al gas de Oriente Próximo le impidió considerar la posibilidad de retirarse de la región. ¿Qué ha cambiado entonces para que Estados Unidos piense ahora en retirarse de Oriente Próximo? El petróleo y el gas de esquisto, cuya producción por el método llamado “fracking” aumentó significativamente a comienzos de los años 2000. Eso modificó todos los parámetros. La explotación de ese tipo de hidrocarburos (cuyo coste es más elevado que el del petróleo “tradicional”) fue favorecida por el importante aumento del precio de los hidrocarburos que, en promedio, superaron los 100 dólares por barril entre 2010 y 2013.
Actualmente, Estados Unidos ha recuperado la autosuficiencia energética e incluso está convirtiéndose otra vez en un importante exportador de hidrocarburos. Por lo tanto, ya puede por fin considerar la posibilidad de retirarse de Oriente Próximo, con la condición de cauterizar rápidamente varias heridas que, en algunos casos, datan de más de un siglo.
Por esa razón, Obama retiró casi la totalidad de las tropas norteamericanas de Irak y de Afganistán. Estados Unidos participó muy discretamente en los bombardeos de Libia y se negó a intervenir contra las autoridades de Damasco, en Siria. Por otra parte, Washington busca a marchas forzadas un acuerdo con Teherán sobre el tema nuclear y presiona a Israel para que su gobierno progrese urgentemente hacia un acuerdo con los palestinos. En todos estos temas se percibe el deseo de Washington de cerrar los frentes en Oriente Próximo para pasar a otra cuestión (China) y olvidar así las pesadillas de Oriente Próximo.
Todo esto se desarrollaba perfectamente mientras los precios del petróleo seguían altos, cerca de 100 dólares el barril. El precio de explotación del barril de petróleo de esquisto es de aproximadamente 60 dólares, lo que deja a los productores un margen considerable (entre 30 y 40 dólares el barril).
Aquí es donde Arabia Saudí ha decidido intervenir. Riad se opone a que Estados Unidos se retire de Oriente Próximo. Sobre todo si Washington establece antes un acuerdo sobre el tema nuclear con Teherán, lo que los saudíes consideran demasiado favorable a Irán. Además, según la monarquía wahabita, expondría a los saudíes, y a los suníes en general, a convertirse en víctimas de lo que llaman “el expansionismo chií”. Hay que tener presente que los principales yacimientos de hidrocarburos saudíes se encuentran en zonas de población chií.
Considerando que dispone de las segundas reservas mundiales de petróleo, Arabia Saudí decidió usar el petróleo para sabotear la estrategia norteamericana. Oponiéndose a las consignas de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), Riad decidió, contra toda lógica comercial aparente, aumentar considerablemente su producción y hacer de ese modo bajar los precios del petróleo, inundando el mercado de petróleo barato. La estrategia dio rápidamente resultados. En poco tiempo, los precios del petróleo bajaron un 50%. El precio del barril descendió a 40 dólares (antes de subir ligeramente hasta aproximadamente 55-60 dólares actualmente).
Esta política asestó un duro golpe al “fracking”. La mayoría de los grandes productores estadounidenses de gas de esquisto están actualmente en crisis, endeudados y corren el riesgo de quebrar (lo que implica una amenaza para el sistema bancario norteamericano que, generosamente, había ofrecido abundantes créditos a los neopetroleros). A 40 dólares el barril, el esquisto ya no resulta rentable. Ni las excavaciones profundas “off shore”. Numerosas compañías petroleras importantes ya han anunciado que cesan sus explotaciones en alta mar porque no son rentables, provocando la pérdida de decenas de miles de empleos.
Una vez más, el petróleo es menos abundante. Y los precios suben ligeramente. Pero las reservas de Arabia Saudí son suficientemente importantes para que Riad regule el flujo y ajuste su producción de manera que permita un ligero aumento del precio (hasta 60 dólares aproximadamente) pero sin que se lleguen a superar los límites que permitirían reanudar la producción mediante el “fracking” y en los yacimientos marítimos a gran profundidad. De este modo, Riad se ha convertido en el árbitro absoluto en materia de precio del petróleo (parámetro decisivo para las economías de decenas de países entre los cuales figuran Argelia, Venezuela, Nigeria, México, Indonesia, etc.).
Estas nuevas circunstancias obligan a Barack Obama a reconsiderar sus planes. La crisis del “fracking” podría representar el fin de la autosuficiencia de energía fósil en Estados Unidos. Y, por lo tanto, la vuelta a la dependencia de Oriente Próximo (y también de Venezuela, por ejemplo). Por ahora, Riad parece haber ganado su apuesta. ¿Hasta cuándo?
Fuente: http://www.monde-diplomatique.es/?url=editorial/0000856412872168186811102294251000/editorial/?articulo=9717e131-315e-4440-a96d-e69686340af6#
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domingo, 14 de junio de 2015
Nicmer N. Evans: Lo que fue y ya no es, ante lo que será
Partamos del principio básico y fundamental: una cosa es haber tenido la voluntad de construir el socialismo y otra cosa es decir que aquí hay o hubo socialismo. Haber convocado a construir el socialismo y desarrollar un método de redistribución de la renta petrolera es uno de los logros más importantes del Presidente Chávez, pero esa conquista, sin un pueblo armado de razones y herramientas para mantener ese camino es presa fácil de timadores e ilusionistas de oficio.
Cada acción desarrollada por el presidente Chávez tenía como centro de atención la defensa permanente de quienes vivimos de nuestro trabajo por sobre aquellos que viven del trabajo de otros. En el peor de los momentos nuestro sueldo mínimo podía cambiarse por 350 dólares, llegando a estar incluso, de manera real en 600 dólares mensual. Pero hoy, bajo ese mismo parámetro de cambio, en menos de tres años, nuestro sueldo mínimo está en 32 dólares mensuales.
El gobierno de Maduro dice ser la continuidad del gobierno del Presidente Chávez, pero más allá del discurso, los hechos concretos expresan todo lo contrario. Y mientras tanto, en la televisora social empezaremos a ver un bodrio comunicacional tipo reality show de “los héroes de la patria” o los “legítimos hijos” de Chávez.
Hoy, la dolarización del consumo es un hecho, mientras el salario está anclado en los parámetros más irreales de una economía bizarra. Para ilustrarlo basta con saber el nuevo precio de unas toallas sanitarias, que al mes promedio equivale a un tercio del salario mínimo, o el de tres paquetes de centros de cama que hasta ayer se adquirían con un día de trabajo promedio, y hoy equivale al salario mínimo del pueblo venezolano.
Una mega devaluación sin precedentes en manos de un gobierno que en nombre de Chávez calla, oculta, miente, distrae, no es más que un gobierno traidor a sus mandatos, en especial indicados en el “Golpe de Timón”.
Quizá algún “cara e tabla” podría afirmar que la causa es la caída del precio del barril de petróleo, sin reconocer el desfalco a la nación por 259 mil millones de dólares, y peor aún, sin plantear como solución el cese negociado de la deuda externa que hoy deroga, arrebata, extrae más de 10 mil millones de dólares para comprar comida y para invertir en la reactivación del aparato productivo.
Pero mientras todo esto pasa, es más importante para el gobierno la investigación de casos policiales. No deseo quitarle importancia a los casos que hoy preocupan a la sociedad venezolana, pero esto no puede distraer los otros problemas puntuales que hoy aquejan a todos los venezolanos. Si el gobierno no puede atenderlos todos a la vez, y darle a cada uno la importancia que merece, es simplemente un incapaz.
Y Mientras todo esto pasa, la dirigencia opositora, también distraída policial y faranduleramente, se hace cómplice permanente de la ausencia de liderazgo y conducción en el país, para poder formular salidas a la crisis que vivimos. Hoy no existe por parte de la dirigencia opositora ni una sola propuesta que se pueda siquiera mencionar donde se haga algún planteamiento concreto para solventar los problemas del país, la cosa es tan deprimente en la cúpula de la oposición venezolana, que simplemente no hay nada que decir de ella, más que poner en evidencia que por omisión hoy esta cúpula pretende ser receptáculo del voto castigo, creyendo de manera ingenua que el pueblo está dispuesto a retroceder a la nada sin intentar construir una nueva alternativa.
Hoy los traidores y los quinta columnas son acríticos, silencian, pasan agachados, se disfrazan para no ser vistos, pero siguen con sus privilegios, chupando la renta petrolera y peor aún, destruyendo nuestra principal industria. Esos, los que buscan culpables en quienes critican y aportan soluciones concretas, mientras ellos callan todo lo que saben, son protegidos por intereses que nada tienen que ver con la patria.
La cúpula del gobierno y la oposición, ayer opciones y proyectos distintos entre los que se debatía el país, hoy se casan, asociación y tienen hijos en común, ya que como dice el saber popular: los extremos se tocan, por lo que la polarización hoy es un artificio. Lo que ayer fue, hoy ya no es, y sólo lo bueno del ayer junto con lo nuevo y bueno del hoy podrán construir un mejor futuro para mañana.
@NicmerEvans
nicmernicolasevans@gmail.com
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Cada acción desarrollada por el presidente Chávez tenía como centro de atención la defensa permanente de quienes vivimos de nuestro trabajo por sobre aquellos que viven del trabajo de otros. En el peor de los momentos nuestro sueldo mínimo podía cambiarse por 350 dólares, llegando a estar incluso, de manera real en 600 dólares mensual. Pero hoy, bajo ese mismo parámetro de cambio, en menos de tres años, nuestro sueldo mínimo está en 32 dólares mensuales.
El gobierno de Maduro dice ser la continuidad del gobierno del Presidente Chávez, pero más allá del discurso, los hechos concretos expresan todo lo contrario. Y mientras tanto, en la televisora social empezaremos a ver un bodrio comunicacional tipo reality show de “los héroes de la patria” o los “legítimos hijos” de Chávez.
Hoy, la dolarización del consumo es un hecho, mientras el salario está anclado en los parámetros más irreales de una economía bizarra. Para ilustrarlo basta con saber el nuevo precio de unas toallas sanitarias, que al mes promedio equivale a un tercio del salario mínimo, o el de tres paquetes de centros de cama que hasta ayer se adquirían con un día de trabajo promedio, y hoy equivale al salario mínimo del pueblo venezolano.
Una mega devaluación sin precedentes en manos de un gobierno que en nombre de Chávez calla, oculta, miente, distrae, no es más que un gobierno traidor a sus mandatos, en especial indicados en el “Golpe de Timón”.
Quizá algún “cara e tabla” podría afirmar que la causa es la caída del precio del barril de petróleo, sin reconocer el desfalco a la nación por 259 mil millones de dólares, y peor aún, sin plantear como solución el cese negociado de la deuda externa que hoy deroga, arrebata, extrae más de 10 mil millones de dólares para comprar comida y para invertir en la reactivación del aparato productivo.
Pero mientras todo esto pasa, es más importante para el gobierno la investigación de casos policiales. No deseo quitarle importancia a los casos que hoy preocupan a la sociedad venezolana, pero esto no puede distraer los otros problemas puntuales que hoy aquejan a todos los venezolanos. Si el gobierno no puede atenderlos todos a la vez, y darle a cada uno la importancia que merece, es simplemente un incapaz.
Y Mientras todo esto pasa, la dirigencia opositora, también distraída policial y faranduleramente, se hace cómplice permanente de la ausencia de liderazgo y conducción en el país, para poder formular salidas a la crisis que vivimos. Hoy no existe por parte de la dirigencia opositora ni una sola propuesta que se pueda siquiera mencionar donde se haga algún planteamiento concreto para solventar los problemas del país, la cosa es tan deprimente en la cúpula de la oposición venezolana, que simplemente no hay nada que decir de ella, más que poner en evidencia que por omisión hoy esta cúpula pretende ser receptáculo del voto castigo, creyendo de manera ingenua que el pueblo está dispuesto a retroceder a la nada sin intentar construir una nueva alternativa.
Hoy los traidores y los quinta columnas son acríticos, silencian, pasan agachados, se disfrazan para no ser vistos, pero siguen con sus privilegios, chupando la renta petrolera y peor aún, destruyendo nuestra principal industria. Esos, los que buscan culpables en quienes critican y aportan soluciones concretas, mientras ellos callan todo lo que saben, son protegidos por intereses que nada tienen que ver con la patria.
La cúpula del gobierno y la oposición, ayer opciones y proyectos distintos entre los que se debatía el país, hoy se casan, asociación y tienen hijos en común, ya que como dice el saber popular: los extremos se tocan, por lo que la polarización hoy es un artificio. Lo que ayer fue, hoy ya no es, y sólo lo bueno del ayer junto con lo nuevo y bueno del hoy podrán construir un mejor futuro para mañana.
@NicmerEvans
nicmernicolasevans@gmail.com
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Oscar J. Camero: Ley de la jungla inmobiliaria
1.
Si un propietario inmobiliario un día decide que necesita su apartamento, póngase por caso, encontrará que su decisión topa con dos hechos que debe procesar y remediar para concretar su deseo, al menos en la Venezuela de la era de Hugo Chávez: (1) un contrato que ha celebrado con el arrendatario (inquilino), cuyos términos debe respetar, y (2) un marco legal en la materia, cuya pista debe transitar. No basta con la emoción de querer “¡ya!” “mi inmueble”, como si pudiera agarrar una varita mágica o metralleta y desaparecer a quien se interpone entre sus vísceras y la realidad; tampoco vale gran cosa que en un contrato amañado pinte fantasiosos sueños como que el inquilino debe abandonar el inmueble a las dos horas, por ejemplo, del momento en que el propietario manifieste el deseo de su retoma dado que no hay contrato que pueda hacer privar la violación de un derecho humano por encima de los mandamiento morales y legales.
¡No, no, nada de eso! Desde el momento en que el don propietario (arrendador) decide alquilar (arrendar) un inmueble debe de tener la conciencia de que, primero, lo hace en el contexto de un mundo civilizado (nada de mataderas, sicariatos, bombas nucleares, etc.) y, luego, sobre un marco legal, un conjunto de reglas y leyes a seguir en el juego político que en cualquier parte del mundo se llama “contrato social”. Porque quien le arrienda el inmueble también es una criatura humana como él, que corre y se encarama, y siente emociones, teniendo también sus necesidades, no siendo menos que el dueño por decreto de nadie. De modo que la relación entre las partes, moralmente iguales, a efectos de evitar choques de trenes (por más que a una de las partes se le antoje que el contrario es apenas un vagón) tiene que necesariamente regularse a través de ese tercer actor que es el Estado con su propósito de hacer cumplir la ley, deberes y derechos de quienes deciden someterse a él.
¿No se vive, pues, en sociedad, bajo normas a cumplir por decisión propia? Quien opta vivir en civilización, bajo contrato social, en relación de toma y daca respecto del Estado, ejerciendo derechos y cumpliendo deberes, lo primero que hace es abandonar la tentación de comportarse como el animal que vive en el libertinaje de la naturaleza. Quien opta arrendar un inmueble, sea arrendador o arrendatario, lo hace bajo la óptica del cumplimiento de la ley humana y no la de la selva. Así que fuerzas contraconstitucionales, rifles como para cazar jabalíes o machetes para cortar en pedacitos, se deben quedar en mochilas fuera del juego. El arma ha de ser el Derecho, reglamentador de sociedades.
2.
Se topará el arrendador con una Ley para la Regularización y Control de los Arrendamientos de Vivienda (LRCAV), que lo mandará en primera instancia a registrarse ante un ente creado a los efectos de llevar el control de un Registro Nacional de Relaciones Arrendaticias (Art. 20, Núm. 13, y Art. 22). El ente es la Superintendencia Nacional de Arrendamiento de Vivienda (SUNAVI) y una de sus funciones es conocer quién arrienda en el país, sea arrendador o arrendatario, además de mediar o regular en la relación que se establece entre ambas partes.
Luego comprobará que dicha ley también lo obligará a la celebración de un contrato con el arrendatario, según exigencia de éste (Art. 46), con una duración mínima de un año (Art. 51). Se enterará, además, que el canon de arrendamiento que debe negociar con el arrendatario estará “definido por el ente rector en la materia” (Art. 20, Núm. 14) y que, en consecuencia, eso de cobrar precios astronómicos y arbitrarios, muy relacionados con emociones viscerales, queda al margen de la ley, de la civilización y sociedad donde el propietario asienta su planta (Venezuela), despachado hacia la atmósfera de supervivencia de la jungla donde el jaguar gusta saltar sobre la danta cuando le apetece comer.
Después sabrá que, vencido el plazo estipulado en el contrato, el arrendatario tendrá la preferencia de seguir ocupando el inmueble ante otros posibles terceros que pretendan arrendarlo (Art. 5, Núm. 10; Art. 88, 89, 90); y, si es el caso que el arrendador desee su inmueble para venderlo, debe también comprender que la preferencia de compra la tendrá el arrendatario ocupante (Art. 131), debiendo proponerle la venta mediante documento auténtico (Art. 132). Para que un propietario pueda ofrecer en venta a un tercero debe superar primero la obligación que tiene con la preferencia de su inquilino, de quien debe recibir una voluntad escrita de rechazo a su oferta en el plazo de noventa días después del ofrecimiento (Art. 134). Al respecto es de interés citar un pasaje contundente del artículo 135 de la ley, contra el cual puede chocar la naturaleza arbitraria de un propietario no muy dado a esperas, tentado a resolver ¡ya!, vendiendo inclusive el inmueble (porque es suyo y hace con él lo que le pega en gana) a un tercero con arrendatario adentro: “Toda venta a un tercero de la vivienda alquilada, sin la debida notificación al arrendatario o arrendataria, a fin de que ejerza el derecho a la preferencia ofertiva, será nula y no será necesario ejercer la acción judicial de nulidad.”
Cuando se presenta la discrepancia entre arrendador y arrendatario, uno queriendo disponer ya del inmueble y el otro seguramente no teniendo adónde ir ipso facto, puede el primero acariciar la idea de un desalojo al estilo varita mágica: es decir, el inmueble es suyo y puede disponerlo cuando desee (¡ya!), el arrendatario es un usurpador sino invasor, lleno de malicias en vez de necesidades habitaciones, sin derechos que valgan, digno de ser echado a patadas a la calle si fuera el caso. Al respecto, dice la ley, Art. 91, que se procederá a un desalojo en atención a varias causales, dos de ellas de recurrente importancia, como que el arrendatario no haya cancelado hasta cuatro cuotas del canon o que el propietario requiera de su inmueble, en necesidad justificada, para sí mismo o para parientes consanguíneos hasta el segundo grado.
Pero supóngase que el asunto se desborda y sus olas buscan llegar a los tribunales, donde chapalean abogados y jueces. “Me lo sacan (al arrendatario) ─podrá sentenciar el dueño─ porque el apartamento es mío y ya no lo quiero en el sitio, chico; es más: no tengo casa y me mudaré al sitio”. Por encima de las vísceras y previo al estadío de los tribunales, de las demandas, el arrendador demandante “deberá consignar solicitud escrita, debidamente motivada y documentada, por ante la Superintendencia Nacional de Arrendamiento de Vivienda, en la cual expondrá los motivos que le asisten para solicitar la restitución de la situación jurídica afectada” (Art. 95). En la SUNAVI se iniciará un procedimiento administrativo que se aplicará según pautas observadas en Ley Contra el Desalojo y la Desocupación Arbitraria de Viviendas, descrito en los artículos 7 al 10.
Se ve, pues, que existe un protocolo, un debido procedimiento, en nada cohonestador de aventuriles fantasías. Hubo un tiempo, sí, en que el propietario tomaba su rifle, pagaba abogados y salía raudo a corretear arrendatarios. Podrá haberlos hoy como casos, pero, en la razón de la ley, constituyen desafueros y sus perpetradores son forajidos. En este tiempo, con piso legal, la relación arrendataria bulle sobre una civilizada sociedad a la que moralmente debe aspirar el hombre.
Hay más: podría ser que el arrendador cumplió con los procedimientos ante el ente de vivienda, fue a los tribunales luego y tiene en mano una sentencia firme de desalojo contra el arrendatario. Para el caso la ley tiene su pronunciamiento:
Al arrendatario o arrendataria y su grupo familiar, que tengan sentencia firme para desalojar la vivienda y manifestaren y comprobaren ante la Superintendencia Nacional de Arrendamiento de Vivienda no tener lugar donde habitar, el órgano competente en la materia de vivienda y hábitat se encargará de proveerle un refugio temporal o la adjudicación de una vivienda digna definitiva, en cualquier lugar del país, sin menoscabar las relaciones familiares, de trabajo y de estudio. (Art. 49 de la LRCAV, cursivas propias).
El afectado por la medida de desalojo habrá de salir de la vivienda que arrienda a un refugio o “vivienda digna definitiva”, respuesta que al respecto debe dar la SUNAVI en coordinación con el Ministerio del Poder Popular en materia de vivienda, según especifica el Art. 20, Núm. 9. Por consiguiente dedúzcase que hasta tanto no haya tal respuesta administrativa institucional, la unidad familiar afectada no podrá abandonar la vivienda, no podrá patear la calle con sus cachivaches a cuesta como podría celebrar una mentalidad torcida, no deberá irse. Ya para el caso no se trataría acá de alguna medida “personal” en contra de un ansioso propietario, sino de un proceder digno, moral, compadecido con los derechos humanos de una familia. Habida cuenta de que no ha querido vender, demostrado que no está obligado a hacerlo (Providencia Administrativa N° 00042, SUNAVI, según Gaceta Oficial N° 40.382 del 28 de marzo de 2014; no es multiarrendador) y, de hecho, dispuesto a recuperar el apartamento para habitarlo, tendría que saber que su inmueble está allí, en propiedad latente, mientras se subsana la carencia de techo del afectado.
La Carta Magna, en su artículo 82, hace del derecho de los más afectados un compromiso social de todos:
Toda persona tiene derecho a una vivienda adecuada, segura, cómoda, higiénica, con servicios básicos esenciales que incluyan un hábitat que humanice las relaciones familiares, vecinales y comunitarias. La satisfacción progresiva de este derecho es obligación compartida entre los ciudadanos y ciudadanas y el Estado en todos sus ámbitos.
El Estado dará prioridad a las familias y garantizará los medios para que éstas y especialmente las de escasos recursos, puedan acceder a las políticas sociales y al crédito para la construcción, adquisición o ampliación de viviendas. (Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, cursivas en el texto de quien escribe).
Pero, finalmente, puede ocurrir que el propietario, envalentonado por una sentencia que emanó del Tribunal Supremo de Justicia (TSJ), decida retomar la escopeta y volver a la selva a cazar chigüires, como coloquialmente podría inferirse. La magistrada de la Sala Constitucional, Carmen Zuleta de Merchán, abstracción hecha de una familia destartalada echada a la calle, viviendo las de Caín y Abel juntas, ponderó en su decisión del 3 de octubre de 2014 que un propietario junto a un juez podrían desalojar oficialmente a una familia si la SUNAVI al cabo de seis meses de reclamo no proveía refugio a los afectados, indiferentemente de que tal familia tuviese donde refugiarse o no. Esto es, que el lío es de la SUNAVI, quien tiene que resolver, y no del propietario, quien sólo tiene que recibir su inmueble no importando que sobre una sangre derramada, por decirlo de un modo escandaloso (Venezuela. Tribunal Supremo de Justicia, Sala Constitucional. Carmen Zuleta de Merchán. [“Decisiones”]. 3 oct. 2014. [ca. 21 pantallas].
(http://www.tsj.gov.ve/decisiones/scon/Octubre/169300-1213-31014-2014-13-0482.HTML. [Consulta: 5 mayo 2015])
En efecto, vencido el plazo dicho (seis meses, abril de 2015), se desató una ola de desalojos con sentencia firme en el país (o conatos), uno de ellos de sensible repercusión ¡a apenas dos cuadras del palacio de Miraflores!, no obstante regir en el país un Decreto con Rango, Valor y Fuerza de Ley Contra el Desalojo y la Desocupación Arbitraria de Viviendas (decreto-ley, Gaceta Oficial 39.668, 6 mayo 2011, decreto nº 8.190), que obliga a seguir procedimientos y cataloga como “forzado” y arbitrario la botadura de una familia a la calle sin tener un lugar donde guarecerse.
Porque que hay que razonar, y ha de hacerse con la magistrada Merchán en cuclillas ante la conciencia, que una sutileza de plazos extraídos irónicamente de la misma ley que regula los desalojos (*) y protege a la familia venezolana es violatoria de los derechos humanos, según el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales, adoptado por la ONU en 1966, vigente desde 1976, pacto parte de la Carta Internacional de Derechos Humanos y de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, como puede leerse en su apartado sobre el nivel de vida adecuado para las personas, artículo 11, donde se define desalojo forzoso como "la retirada permanente o temporal en contra de su voluntad de individuos, familias y/o comunidades de los hogares y/o las tierras que ocupan, sin la disposición de, y acceso a formas adecuadas de protección jurídica o de otra índole”. ¿Cómo puede un individuo o familia tirado en la calle, sin opción, por encima de cualquier sutileza legal, ineptidud de alguna institución que no surte de refugio a tiempo al desvalido o inclusive propietario asistido de la razón en su reclamo, ser partícipe del disfrute y respeto de sus derechos humanos consagrados por la madurez civilizatoria humana?
La decisión a cargo de la Dra. Merchán, repítese, al dejar de lado, de manera insensible, la figura de una familia echada a la calle, es violatoria de los derechos humanos en tanto promueve mecanismos legales implacables que podrían derivar en situaciones aniquilantes por el sólo hecho de conceder la razón jurídica a la parte demandante (el propietario), por más que la letra de dicha sentencia parezca lavarse las manos atribuyéndole el crimen a la SUNAVI o a los entes del Estado en materia de refugio y vivienda. No parece cumbre del Derecho eso de estar colocando banderas sobre una pila de huesos humanos (arrendatario) en atención nomás al cumplimiento de una mecánica relojesca jurídica, sin apenas considerar qué se esconde detrás de la razón del demandante. ¿Qué le parece, Dra., que un demandante, dueño de 2 mil 500 apartamentos en arriendo, deje en la calle a una familia que no ha tenido tiempo de apañárselas para irse a un refugio? Quizás más justo habría sido sentenciar que en estos casos extremos y peliagudos la razón del demandante (propietario para el caso) procedería sólo si sus derechos humanos fundamentales pudieran estar amenazados o violentados. Sería más hermoso, más humano, más socialista si se es cónsono con los cambios en el alma y el país, menos cosa de libre mercado.
Se tiene, en fin, que por más “legal” y “firme” sea la sentencia con la que se viene un propietario y un juez en contra de una familia venezolana, no deja de ser violatorio de los derechos humanos, según lo considerado.
El tema de los desalojos, delicadísimo tema, con aristas controversiales, invita a la revisión exhaustiva de la ley para catarlo en sus detalles, detalles y esencias que en central instancia protegen a la familia venezolana y hacen historia de un oprobioso pasado de gente lanzada a la calle sin miramientos de ninguna índole. Debe comprender un propietario, serio o indigno, civilizado o salvaje, simple negociante de inmuebles o vil traficante de la necesidad de hábitat ajena, que precisamente la ley surge para enmendar tales entuertos y revestir de derecho al sector arrendatario, tradicional figura en desventaja frente a un dueño con poder apalancado en la necesidad de techo de un montón de gente.
Pero la capital comprensión que ha de tener quienquiera que desee dedicarse al arriendo de inmuebles para vivienda en Venezuela es que los artículos 1 y 2 de la ley establecen que la vivienda posee un valor social a ser protegido como derecho humano y es declarada como una figura de “interés público general, social y colectivo” en toda su materia relacionada, léase arrendamientos de viviendas, pensiones, habitaciones o residencias. De manera que el ilusionado salvajismo de quienes pretenden seguir saltando como jaguares sobre unas dantas en medio de una ciudad y no la selva, necesariamente ha de convertirse en un comportamiento forajido. El prurito mercantilista tiene que ajustarse y ceder ante el hecho mayor de una necesidad patria a ser suplida; si ha de alquilar algún inmueble lo hará bajo contexto legal, sobre un tapete de emergencia nacional, a condición de contribuir con el exorcismo de la necesidad en materia de vivienda.
3.
Mas todo lo anterior, paja que arde al fuego o se la lleva al viento, es fanega que ocupa espacio para significar que en el país existe una parafernalia legal, un piso jurídico (para hablar con la ínfula de quien eventualmente podría enorgullecerse de ello), que significativamente no se cumple.
Selva, deberes, derechos, idealismos, humanismos, procedimientos, justicias, suma de felicidad del pueblo, hachas, jaguares y dantas, son briznas de un discurso fallido en su efecto práctico, nomás ensayado para dar la impresión de compostura cabal, de que en el país existe una legalidad de protección inquilinaria, aunque sea para el ideal ejercicio.
Quien escribe en otros espacios lo ha dicho: la ley es perfecta, suficiente per se, pero ampliamente incumplida, lo cual manda a la porra cualquier sentimiento de belleza (platónicamente hablando), aspiración de verdad y justicia . El ente rector en la materia, SUNAVI, no se da abasto para cubrir la demanda y exorcizar la necesidad nacional apelmazada durante decenios de vieja historia capitalista.
Todo de un trancazo es bajado por la poceta cuando una de las partes, el propietario para el caso violatorio de los derechos humanos mencionados, decide patear la mesa, romper el pacto social, mearse sobre las leyes, encaramarse sobre un árbol de la selva y tomar la justicia por propia mano. Cuando en ausencia del corpus legal, de su efecto de amparo sobre una familia hostigada, decide, por ejemplo, contratar unos sicarios o patota de malandros para expulsar a su inquilino de la vivienda; o cuando, más deportivo inclusive, decide vender el inmueble con la familia y corotos adentros.
La práctica se está implementando. De patotas de malandros, a quienes se le ofrecen entre BsF. 40 y 100 mil, se está pasando a la contratación de espurios colectivos. Sirva el escrito para denunciar, con pruebas sobre la realidad para quien pregunte. Retorno a la cacería, a la época del jaguar, a la barbarie.
Apenas hace unos días murió un señor arrendatario en La Vega, Caracas, en manos de un tercero que buscó la propietaria para desalojarlo (Últimas Noticias [en línea]. Caracas: 25 mayo 2015.
http://www.ultimasnoticias.com.ve/noticias/actualidad/sucesos/un-muerto-y-un-herido-tras-discusion-por-desalojo-.aspx. [Consulta: 6 Jun. 2015]). El mismo presidente Nicolás Maduro, después de alarmarse por la cantidad de desalojos que hay con sentencia firme preparada, y luego de enterarse de otros desmanes, como que delincuentes comunes secuestran a personas mayores para venderles el inmueble, acaba de recomendar el retiro de adjudicaciones de vivienda en sitios caóticos.
Ahora mismo en la parroquia San Juan, sector Quinta Crespo, Caracas, entre otros casos, cursa la situación de una señora de la tercera edad junto a su esposo que lleva dieciocho años arrendando una casa; su arrendadora, para no complicarse con los procedimientos del “corpus” legal, entre otros para no cumplir con la preferencia de venta de la que goza la señora, decide vender el inmueble con la familia adentro a un mejor postor (venta nula, por cierto, según Art. 135 citado arriba). Y el tal postor, para posesionarse del inmueble, ha decido echar mano de un espectro de acciones para desalojar a la señora que en nada se compadecen con el debido proceso. Dígase que, para no abundar detalles contraproducentes sobre un caso cuyas partes fueron citadas a conciliar, su desarrollo iba camino (o está en trance) de hacer polvo el más preciado mandamiento de la ley en materia de vivienda: en su efecto, la familia en la calle sin refugio donde pernotar.
Después de tanto ajetrear y finalmente afincarse la doña en el poder popular para diligenciar ante la SUNAVI, poder popular que por ley puede mediar y conciliar en la resolución de problemas de la relación arrendaticia (Art. 147 y 148 de la LRCAV), justo es reconocer que una “prohibición de desalojo” (SUNAVI 00944-05-15, Coordinación del Grupo de Respuesta Antidesalojos Arbitrarios), emitida por el ente rector y presentada ante la autoridad policial, tuvo el efecto de citar a las partes para intentar dirimir. El asunto es que costó una odisea lograr esta respuesta, después de días de la familia bajo hostigamiento, horas de diligencia ante la SUNAVI, tiempo descrito acá en palabras que en nada retratan la urgencia peligrosa del caso. La reflexión entra a cuento a través de esa gran grieta del piso legal que puede significar la existencia de un montón de familias en la misma situación de asedio, desprovista del auxilio de alguna organización social que la oriente. Y puede la ley y la institución, tranquilamente, exonerarse de competencia en tanto mucho de lo que se ve a través de la grieta es ignorancia jurídica; pero el ejemplo de la doña en cuestión, que desde un principio se registró e informó a la SUNAVI de su problema, no puede más que hablar de una orfandad jurídica. Para ella ahora empieza un nuevo capítulo, ya guiada institucionalmente, pero expuesta en horas de descuido a los avatares de un dueño ahora irritado por la “intromisión” policial y por el impedimento moral y de derecho de no poder poner a la señora en la calle tan rápido como lo puede permitir una varita mágica o una ley de la selva, haciendo abstracción de sus derechos constitucionales, ciudadanos, humanos, sociales, hasta de especie con condición gregaria.
Debiera el Derecho por principio humanístico, ¡ah, inevitable idealismo!, ser como el aire mismo que el hombre respira, estar omnipresente en todos los rincones, inclusive allí dentro de esas cápsulas antigravitatorias donde la ignorancia reina, corrigiendo entuertos como el viejo Quijote, rescatando la doncella de la dignidad humana, salvando vidas hasta en los planos donde nadie ni lo invito ni lo desea. No de otro modo fue posible a lo largo de siglos, batallas del pensamiento, sufrimiento de la especie, añejamiento civilizante, la conquista de los derechos humanos y su declaración universal.
(*) Apreciación de entrevista con el Superintendente Nacional de Vivienda, José Rafael Jiménez Villasana. Caracas, SUNAVI, 7 mayo 2015.
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Si un propietario inmobiliario un día decide que necesita su apartamento, póngase por caso, encontrará que su decisión topa con dos hechos que debe procesar y remediar para concretar su deseo, al menos en la Venezuela de la era de Hugo Chávez: (1) un contrato que ha celebrado con el arrendatario (inquilino), cuyos términos debe respetar, y (2) un marco legal en la materia, cuya pista debe transitar. No basta con la emoción de querer “¡ya!” “mi inmueble”, como si pudiera agarrar una varita mágica o metralleta y desaparecer a quien se interpone entre sus vísceras y la realidad; tampoco vale gran cosa que en un contrato amañado pinte fantasiosos sueños como que el inquilino debe abandonar el inmueble a las dos horas, por ejemplo, del momento en que el propietario manifieste el deseo de su retoma dado que no hay contrato que pueda hacer privar la violación de un derecho humano por encima de los mandamiento morales y legales.
¡No, no, nada de eso! Desde el momento en que el don propietario (arrendador) decide alquilar (arrendar) un inmueble debe de tener la conciencia de que, primero, lo hace en el contexto de un mundo civilizado (nada de mataderas, sicariatos, bombas nucleares, etc.) y, luego, sobre un marco legal, un conjunto de reglas y leyes a seguir en el juego político que en cualquier parte del mundo se llama “contrato social”. Porque quien le arrienda el inmueble también es una criatura humana como él, que corre y se encarama, y siente emociones, teniendo también sus necesidades, no siendo menos que el dueño por decreto de nadie. De modo que la relación entre las partes, moralmente iguales, a efectos de evitar choques de trenes (por más que a una de las partes se le antoje que el contrario es apenas un vagón) tiene que necesariamente regularse a través de ese tercer actor que es el Estado con su propósito de hacer cumplir la ley, deberes y derechos de quienes deciden someterse a él.
¿No se vive, pues, en sociedad, bajo normas a cumplir por decisión propia? Quien opta vivir en civilización, bajo contrato social, en relación de toma y daca respecto del Estado, ejerciendo derechos y cumpliendo deberes, lo primero que hace es abandonar la tentación de comportarse como el animal que vive en el libertinaje de la naturaleza. Quien opta arrendar un inmueble, sea arrendador o arrendatario, lo hace bajo la óptica del cumplimiento de la ley humana y no la de la selva. Así que fuerzas contraconstitucionales, rifles como para cazar jabalíes o machetes para cortar en pedacitos, se deben quedar en mochilas fuera del juego. El arma ha de ser el Derecho, reglamentador de sociedades.
2.
Se topará el arrendador con una Ley para la Regularización y Control de los Arrendamientos de Vivienda (LRCAV), que lo mandará en primera instancia a registrarse ante un ente creado a los efectos de llevar el control de un Registro Nacional de Relaciones Arrendaticias (Art. 20, Núm. 13, y Art. 22). El ente es la Superintendencia Nacional de Arrendamiento de Vivienda (SUNAVI) y una de sus funciones es conocer quién arrienda en el país, sea arrendador o arrendatario, además de mediar o regular en la relación que se establece entre ambas partes.
Luego comprobará que dicha ley también lo obligará a la celebración de un contrato con el arrendatario, según exigencia de éste (Art. 46), con una duración mínima de un año (Art. 51). Se enterará, además, que el canon de arrendamiento que debe negociar con el arrendatario estará “definido por el ente rector en la materia” (Art. 20, Núm. 14) y que, en consecuencia, eso de cobrar precios astronómicos y arbitrarios, muy relacionados con emociones viscerales, queda al margen de la ley, de la civilización y sociedad donde el propietario asienta su planta (Venezuela), despachado hacia la atmósfera de supervivencia de la jungla donde el jaguar gusta saltar sobre la danta cuando le apetece comer.
Después sabrá que, vencido el plazo estipulado en el contrato, el arrendatario tendrá la preferencia de seguir ocupando el inmueble ante otros posibles terceros que pretendan arrendarlo (Art. 5, Núm. 10; Art. 88, 89, 90); y, si es el caso que el arrendador desee su inmueble para venderlo, debe también comprender que la preferencia de compra la tendrá el arrendatario ocupante (Art. 131), debiendo proponerle la venta mediante documento auténtico (Art. 132). Para que un propietario pueda ofrecer en venta a un tercero debe superar primero la obligación que tiene con la preferencia de su inquilino, de quien debe recibir una voluntad escrita de rechazo a su oferta en el plazo de noventa días después del ofrecimiento (Art. 134). Al respecto es de interés citar un pasaje contundente del artículo 135 de la ley, contra el cual puede chocar la naturaleza arbitraria de un propietario no muy dado a esperas, tentado a resolver ¡ya!, vendiendo inclusive el inmueble (porque es suyo y hace con él lo que le pega en gana) a un tercero con arrendatario adentro: “Toda venta a un tercero de la vivienda alquilada, sin la debida notificación al arrendatario o arrendataria, a fin de que ejerza el derecho a la preferencia ofertiva, será nula y no será necesario ejercer la acción judicial de nulidad.”
Cuando se presenta la discrepancia entre arrendador y arrendatario, uno queriendo disponer ya del inmueble y el otro seguramente no teniendo adónde ir ipso facto, puede el primero acariciar la idea de un desalojo al estilo varita mágica: es decir, el inmueble es suyo y puede disponerlo cuando desee (¡ya!), el arrendatario es un usurpador sino invasor, lleno de malicias en vez de necesidades habitaciones, sin derechos que valgan, digno de ser echado a patadas a la calle si fuera el caso. Al respecto, dice la ley, Art. 91, que se procederá a un desalojo en atención a varias causales, dos de ellas de recurrente importancia, como que el arrendatario no haya cancelado hasta cuatro cuotas del canon o que el propietario requiera de su inmueble, en necesidad justificada, para sí mismo o para parientes consanguíneos hasta el segundo grado.
Pero supóngase que el asunto se desborda y sus olas buscan llegar a los tribunales, donde chapalean abogados y jueces. “Me lo sacan (al arrendatario) ─podrá sentenciar el dueño─ porque el apartamento es mío y ya no lo quiero en el sitio, chico; es más: no tengo casa y me mudaré al sitio”. Por encima de las vísceras y previo al estadío de los tribunales, de las demandas, el arrendador demandante “deberá consignar solicitud escrita, debidamente motivada y documentada, por ante la Superintendencia Nacional de Arrendamiento de Vivienda, en la cual expondrá los motivos que le asisten para solicitar la restitución de la situación jurídica afectada” (Art. 95). En la SUNAVI se iniciará un procedimiento administrativo que se aplicará según pautas observadas en Ley Contra el Desalojo y la Desocupación Arbitraria de Viviendas, descrito en los artículos 7 al 10.
Se ve, pues, que existe un protocolo, un debido procedimiento, en nada cohonestador de aventuriles fantasías. Hubo un tiempo, sí, en que el propietario tomaba su rifle, pagaba abogados y salía raudo a corretear arrendatarios. Podrá haberlos hoy como casos, pero, en la razón de la ley, constituyen desafueros y sus perpetradores son forajidos. En este tiempo, con piso legal, la relación arrendataria bulle sobre una civilizada sociedad a la que moralmente debe aspirar el hombre.
Hay más: podría ser que el arrendador cumplió con los procedimientos ante el ente de vivienda, fue a los tribunales luego y tiene en mano una sentencia firme de desalojo contra el arrendatario. Para el caso la ley tiene su pronunciamiento:
Al arrendatario o arrendataria y su grupo familiar, que tengan sentencia firme para desalojar la vivienda y manifestaren y comprobaren ante la Superintendencia Nacional de Arrendamiento de Vivienda no tener lugar donde habitar, el órgano competente en la materia de vivienda y hábitat se encargará de proveerle un refugio temporal o la adjudicación de una vivienda digna definitiva, en cualquier lugar del país, sin menoscabar las relaciones familiares, de trabajo y de estudio. (Art. 49 de la LRCAV, cursivas propias).
El afectado por la medida de desalojo habrá de salir de la vivienda que arrienda a un refugio o “vivienda digna definitiva”, respuesta que al respecto debe dar la SUNAVI en coordinación con el Ministerio del Poder Popular en materia de vivienda, según especifica el Art. 20, Núm. 9. Por consiguiente dedúzcase que hasta tanto no haya tal respuesta administrativa institucional, la unidad familiar afectada no podrá abandonar la vivienda, no podrá patear la calle con sus cachivaches a cuesta como podría celebrar una mentalidad torcida, no deberá irse. Ya para el caso no se trataría acá de alguna medida “personal” en contra de un ansioso propietario, sino de un proceder digno, moral, compadecido con los derechos humanos de una familia. Habida cuenta de que no ha querido vender, demostrado que no está obligado a hacerlo (Providencia Administrativa N° 00042, SUNAVI, según Gaceta Oficial N° 40.382 del 28 de marzo de 2014; no es multiarrendador) y, de hecho, dispuesto a recuperar el apartamento para habitarlo, tendría que saber que su inmueble está allí, en propiedad latente, mientras se subsana la carencia de techo del afectado.
La Carta Magna, en su artículo 82, hace del derecho de los más afectados un compromiso social de todos:
Toda persona tiene derecho a una vivienda adecuada, segura, cómoda, higiénica, con servicios básicos esenciales que incluyan un hábitat que humanice las relaciones familiares, vecinales y comunitarias. La satisfacción progresiva de este derecho es obligación compartida entre los ciudadanos y ciudadanas y el Estado en todos sus ámbitos.
El Estado dará prioridad a las familias y garantizará los medios para que éstas y especialmente las de escasos recursos, puedan acceder a las políticas sociales y al crédito para la construcción, adquisición o ampliación de viviendas. (Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, cursivas en el texto de quien escribe).
Pero, finalmente, puede ocurrir que el propietario, envalentonado por una sentencia que emanó del Tribunal Supremo de Justicia (TSJ), decida retomar la escopeta y volver a la selva a cazar chigüires, como coloquialmente podría inferirse. La magistrada de la Sala Constitucional, Carmen Zuleta de Merchán, abstracción hecha de una familia destartalada echada a la calle, viviendo las de Caín y Abel juntas, ponderó en su decisión del 3 de octubre de 2014 que un propietario junto a un juez podrían desalojar oficialmente a una familia si la SUNAVI al cabo de seis meses de reclamo no proveía refugio a los afectados, indiferentemente de que tal familia tuviese donde refugiarse o no. Esto es, que el lío es de la SUNAVI, quien tiene que resolver, y no del propietario, quien sólo tiene que recibir su inmueble no importando que sobre una sangre derramada, por decirlo de un modo escandaloso (Venezuela. Tribunal Supremo de Justicia, Sala Constitucional. Carmen Zuleta de Merchán. [“Decisiones”]. 3 oct. 2014. [ca. 21 pantallas].
(http://www.tsj.gov.ve/decisiones/scon/Octubre/169300-1213-31014-2014-13-0482.HTML. [Consulta: 5 mayo 2015])
En efecto, vencido el plazo dicho (seis meses, abril de 2015), se desató una ola de desalojos con sentencia firme en el país (o conatos), uno de ellos de sensible repercusión ¡a apenas dos cuadras del palacio de Miraflores!, no obstante regir en el país un Decreto con Rango, Valor y Fuerza de Ley Contra el Desalojo y la Desocupación Arbitraria de Viviendas (decreto-ley, Gaceta Oficial 39.668, 6 mayo 2011, decreto nº 8.190), que obliga a seguir procedimientos y cataloga como “forzado” y arbitrario la botadura de una familia a la calle sin tener un lugar donde guarecerse.
Porque que hay que razonar, y ha de hacerse con la magistrada Merchán en cuclillas ante la conciencia, que una sutileza de plazos extraídos irónicamente de la misma ley que regula los desalojos (*) y protege a la familia venezolana es violatoria de los derechos humanos, según el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales, adoptado por la ONU en 1966, vigente desde 1976, pacto parte de la Carta Internacional de Derechos Humanos y de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, como puede leerse en su apartado sobre el nivel de vida adecuado para las personas, artículo 11, donde se define desalojo forzoso como "la retirada permanente o temporal en contra de su voluntad de individuos, familias y/o comunidades de los hogares y/o las tierras que ocupan, sin la disposición de, y acceso a formas adecuadas de protección jurídica o de otra índole”. ¿Cómo puede un individuo o familia tirado en la calle, sin opción, por encima de cualquier sutileza legal, ineptidud de alguna institución que no surte de refugio a tiempo al desvalido o inclusive propietario asistido de la razón en su reclamo, ser partícipe del disfrute y respeto de sus derechos humanos consagrados por la madurez civilizatoria humana?
La decisión a cargo de la Dra. Merchán, repítese, al dejar de lado, de manera insensible, la figura de una familia echada a la calle, es violatoria de los derechos humanos en tanto promueve mecanismos legales implacables que podrían derivar en situaciones aniquilantes por el sólo hecho de conceder la razón jurídica a la parte demandante (el propietario), por más que la letra de dicha sentencia parezca lavarse las manos atribuyéndole el crimen a la SUNAVI o a los entes del Estado en materia de refugio y vivienda. No parece cumbre del Derecho eso de estar colocando banderas sobre una pila de huesos humanos (arrendatario) en atención nomás al cumplimiento de una mecánica relojesca jurídica, sin apenas considerar qué se esconde detrás de la razón del demandante. ¿Qué le parece, Dra., que un demandante, dueño de 2 mil 500 apartamentos en arriendo, deje en la calle a una familia que no ha tenido tiempo de apañárselas para irse a un refugio? Quizás más justo habría sido sentenciar que en estos casos extremos y peliagudos la razón del demandante (propietario para el caso) procedería sólo si sus derechos humanos fundamentales pudieran estar amenazados o violentados. Sería más hermoso, más humano, más socialista si se es cónsono con los cambios en el alma y el país, menos cosa de libre mercado.
Se tiene, en fin, que por más “legal” y “firme” sea la sentencia con la que se viene un propietario y un juez en contra de una familia venezolana, no deja de ser violatorio de los derechos humanos, según lo considerado.
El tema de los desalojos, delicadísimo tema, con aristas controversiales, invita a la revisión exhaustiva de la ley para catarlo en sus detalles, detalles y esencias que en central instancia protegen a la familia venezolana y hacen historia de un oprobioso pasado de gente lanzada a la calle sin miramientos de ninguna índole. Debe comprender un propietario, serio o indigno, civilizado o salvaje, simple negociante de inmuebles o vil traficante de la necesidad de hábitat ajena, que precisamente la ley surge para enmendar tales entuertos y revestir de derecho al sector arrendatario, tradicional figura en desventaja frente a un dueño con poder apalancado en la necesidad de techo de un montón de gente.
Pero la capital comprensión que ha de tener quienquiera que desee dedicarse al arriendo de inmuebles para vivienda en Venezuela es que los artículos 1 y 2 de la ley establecen que la vivienda posee un valor social a ser protegido como derecho humano y es declarada como una figura de “interés público general, social y colectivo” en toda su materia relacionada, léase arrendamientos de viviendas, pensiones, habitaciones o residencias. De manera que el ilusionado salvajismo de quienes pretenden seguir saltando como jaguares sobre unas dantas en medio de una ciudad y no la selva, necesariamente ha de convertirse en un comportamiento forajido. El prurito mercantilista tiene que ajustarse y ceder ante el hecho mayor de una necesidad patria a ser suplida; si ha de alquilar algún inmueble lo hará bajo contexto legal, sobre un tapete de emergencia nacional, a condición de contribuir con el exorcismo de la necesidad en materia de vivienda.
3.
Mas todo lo anterior, paja que arde al fuego o se la lleva al viento, es fanega que ocupa espacio para significar que en el país existe una parafernalia legal, un piso jurídico (para hablar con la ínfula de quien eventualmente podría enorgullecerse de ello), que significativamente no se cumple.
Selva, deberes, derechos, idealismos, humanismos, procedimientos, justicias, suma de felicidad del pueblo, hachas, jaguares y dantas, son briznas de un discurso fallido en su efecto práctico, nomás ensayado para dar la impresión de compostura cabal, de que en el país existe una legalidad de protección inquilinaria, aunque sea para el ideal ejercicio.
Quien escribe en otros espacios lo ha dicho: la ley es perfecta, suficiente per se, pero ampliamente incumplida, lo cual manda a la porra cualquier sentimiento de belleza (platónicamente hablando), aspiración de verdad y justicia . El ente rector en la materia, SUNAVI, no se da abasto para cubrir la demanda y exorcizar la necesidad nacional apelmazada durante decenios de vieja historia capitalista.
Todo de un trancazo es bajado por la poceta cuando una de las partes, el propietario para el caso violatorio de los derechos humanos mencionados, decide patear la mesa, romper el pacto social, mearse sobre las leyes, encaramarse sobre un árbol de la selva y tomar la justicia por propia mano. Cuando en ausencia del corpus legal, de su efecto de amparo sobre una familia hostigada, decide, por ejemplo, contratar unos sicarios o patota de malandros para expulsar a su inquilino de la vivienda; o cuando, más deportivo inclusive, decide vender el inmueble con la familia y corotos adentros.
La práctica se está implementando. De patotas de malandros, a quienes se le ofrecen entre BsF. 40 y 100 mil, se está pasando a la contratación de espurios colectivos. Sirva el escrito para denunciar, con pruebas sobre la realidad para quien pregunte. Retorno a la cacería, a la época del jaguar, a la barbarie.
Apenas hace unos días murió un señor arrendatario en La Vega, Caracas, en manos de un tercero que buscó la propietaria para desalojarlo (Últimas Noticias [en línea]. Caracas: 25 mayo 2015.
http://www.ultimasnoticias.com.ve/noticias/actualidad/sucesos/un-muerto-y-un-herido-tras-discusion-por-desalojo-.aspx. [Consulta: 6 Jun. 2015]). El mismo presidente Nicolás Maduro, después de alarmarse por la cantidad de desalojos que hay con sentencia firme preparada, y luego de enterarse de otros desmanes, como que delincuentes comunes secuestran a personas mayores para venderles el inmueble, acaba de recomendar el retiro de adjudicaciones de vivienda en sitios caóticos.
Ahora mismo en la parroquia San Juan, sector Quinta Crespo, Caracas, entre otros casos, cursa la situación de una señora de la tercera edad junto a su esposo que lleva dieciocho años arrendando una casa; su arrendadora, para no complicarse con los procedimientos del “corpus” legal, entre otros para no cumplir con la preferencia de venta de la que goza la señora, decide vender el inmueble con la familia adentro a un mejor postor (venta nula, por cierto, según Art. 135 citado arriba). Y el tal postor, para posesionarse del inmueble, ha decido echar mano de un espectro de acciones para desalojar a la señora que en nada se compadecen con el debido proceso. Dígase que, para no abundar detalles contraproducentes sobre un caso cuyas partes fueron citadas a conciliar, su desarrollo iba camino (o está en trance) de hacer polvo el más preciado mandamiento de la ley en materia de vivienda: en su efecto, la familia en la calle sin refugio donde pernotar.
Después de tanto ajetrear y finalmente afincarse la doña en el poder popular para diligenciar ante la SUNAVI, poder popular que por ley puede mediar y conciliar en la resolución de problemas de la relación arrendaticia (Art. 147 y 148 de la LRCAV), justo es reconocer que una “prohibición de desalojo” (SUNAVI 00944-05-15, Coordinación del Grupo de Respuesta Antidesalojos Arbitrarios), emitida por el ente rector y presentada ante la autoridad policial, tuvo el efecto de citar a las partes para intentar dirimir. El asunto es que costó una odisea lograr esta respuesta, después de días de la familia bajo hostigamiento, horas de diligencia ante la SUNAVI, tiempo descrito acá en palabras que en nada retratan la urgencia peligrosa del caso. La reflexión entra a cuento a través de esa gran grieta del piso legal que puede significar la existencia de un montón de familias en la misma situación de asedio, desprovista del auxilio de alguna organización social que la oriente. Y puede la ley y la institución, tranquilamente, exonerarse de competencia en tanto mucho de lo que se ve a través de la grieta es ignorancia jurídica; pero el ejemplo de la doña en cuestión, que desde un principio se registró e informó a la SUNAVI de su problema, no puede más que hablar de una orfandad jurídica. Para ella ahora empieza un nuevo capítulo, ya guiada institucionalmente, pero expuesta en horas de descuido a los avatares de un dueño ahora irritado por la “intromisión” policial y por el impedimento moral y de derecho de no poder poner a la señora en la calle tan rápido como lo puede permitir una varita mágica o una ley de la selva, haciendo abstracción de sus derechos constitucionales, ciudadanos, humanos, sociales, hasta de especie con condición gregaria.
Debiera el Derecho por principio humanístico, ¡ah, inevitable idealismo!, ser como el aire mismo que el hombre respira, estar omnipresente en todos los rincones, inclusive allí dentro de esas cápsulas antigravitatorias donde la ignorancia reina, corrigiendo entuertos como el viejo Quijote, rescatando la doncella de la dignidad humana, salvando vidas hasta en los planos donde nadie ni lo invito ni lo desea. No de otro modo fue posible a lo largo de siglos, batallas del pensamiento, sufrimiento de la especie, añejamiento civilizante, la conquista de los derechos humanos y su declaración universal.
(*) Apreciación de entrevista con el Superintendente Nacional de Vivienda, José Rafael Jiménez Villasana. Caracas, SUNAVI, 7 mayo 2015.
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jueves, 11 de junio de 2015
Ángel Guerra Cabrera: Un aporte importante del pensamiento cubano
La "crisis cultural global" es el núcleo de una reflexión del intelectual cubano Abel Prieto sobre la profunda crisis de valores en que el capitalismo ha hundido a la humanidad. Pronunciada ante la Conferencia Internacional "Nuevos escenarios de la comunicación política en el ámbito digital 2015", La Habana, es la más enjundiosa contribución que he leído al debate de los problemas de la cultura contemporánea y su relación con las TIC.
Prieto, cuentista y novelista, hombre de pensamiento muy ligado a los empeños de Fidel Castro en la batalla de ideas y en la integración latino-caribeña, es actualmente asesor del presidente Raúl Castro después de haber ocupado dos décadas la cartera de cultura.
Para Prieto, las TIC pueden operar sobre el receptor "integrado", desarmado, como instrumentos de dominación de la cultura hegemónica; pero también, de emancipación social, cultural y política mediante su apropiación por las vanguardias y fuerzas progresistas de modo consciente y de forma creativa, crítica y democrática. La contundencia del texto es también una evidencia palmaria del vigor y originalidad que conserva el pensamiento revolucionario cubano.
Vivimos –afirma– en medio de la más grave y devastadora crisis cultural de que se tenga memoria. “Los paradigmas de la tradición cultural humanista están en franco retroceso frente … a una industria del entretenimiento que no reconoce jerarquías, que ha reducido el arte a la condición de la mercancía más vulgar, que expulsó… a los llamados clásicos, que lo mezcla todo, sin orden ni concierto, aquello que puede ser artísticamente valioso con la cultura-chatarra, con fetiches vacíos, con símbolos de la mayor estupidez y frivolidad, y que va más allá en su afán caótico y mezcla realidad y ficción, historia y leyenda, y crea vertiginosamente nuevos mitos y recicla otros, en el torbellino de un espectáculo permanente concebido sólo para vender y divertir”.
Al relacionar la crisis cultural global y las nuevas tecnologías, sentencia: es evidente que el mundo virtual de las TIC refleja los principales problemas y contradicciones del mundo real del presente: la concentración de poder en manos de trasnacionales; la desigualdad creciente, abismal, entre pobres y ricos, entre el norte y el sur; la privatización del conocimiento y la cultura; la visión imperial y belicista que concibe la web como un espacio militarizado; la injerencia, la violación de la soberanía de las naciones y de la privacidad…; la reducción del ciudadano al estatus de consumidor potencial y el manejo inescrupuloso de sus inclinaciones más íntimas para crearle falsas necesidades.
Prieto dedica un par de acápites a las TIC y el papel de las vanguardias en su uso como instrumento de emancipación y las TIC y su influencia en la política. Aquí comenta: cuando escuchaba al periodista mexicano Pedro Miguel, de La Jornada, diciéndonos en el panel del viernes que "el escenario bélico, de confrontación" de Internet y de las TIC "es menos desventajoso para las mayorías" ("los pueblos", dijo él, "tienen más chances" de hacer oír sus voces en este nuevo espacio), recordé la gestación, precisamente en México y por Pablo González Casanova y otros intelectuales vinculados casi todos a La Jornada, de una red de escritores, artistas, comunicadores, activistas y luchadores sociales para movilizar la opinión pública frente a la ofensiva armada imperial encabezada por Bush en el año 2003. Era un momento extremadamente peligroso… En Miami la ultraderecha de origen cubano organizaba marchas con la consigna "Irak ahora, Cuba después"… Nunca olvidaré cuando Fidel invitó al núcleo que estaba gestando la red, y nos reunimos aquí en La Habana con varios intelectuales cubanos para hablar del proyecto.
Prieto contextualiza las TIC en la disputa actual por las conciencias que llevan a cabo Estados Unidos y su industria de entretenimiento. Denuncia la pretensión de formar una criatura rendida ante la tecnología y los fetiches… sin raíces, sin memoria … egoísta hasta el delirio, incapaz de luchar por su emancipación y recuerda los planes de Washington para subvertir el orden interno en Cuba a través del uso de las TIC.
Según él no se trata de darle una utilización pragmática, instrumental, a las plataformas digitales, sino pensar la tecnología como un proceso integrado a la economía, la política y la cultura, que sea parte esencial del desarrollo de la sociedad y del crecimiento de los seres humanos.
PD: El enriquecido Felipe González, viejo servidor del imperialismo yanqui, mete las narices en Venezuela…
Twitter: @aguerraguerra / LaJornada
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Prieto, cuentista y novelista, hombre de pensamiento muy ligado a los empeños de Fidel Castro en la batalla de ideas y en la integración latino-caribeña, es actualmente asesor del presidente Raúl Castro después de haber ocupado dos décadas la cartera de cultura.
Para Prieto, las TIC pueden operar sobre el receptor "integrado", desarmado, como instrumentos de dominación de la cultura hegemónica; pero también, de emancipación social, cultural y política mediante su apropiación por las vanguardias y fuerzas progresistas de modo consciente y de forma creativa, crítica y democrática. La contundencia del texto es también una evidencia palmaria del vigor y originalidad que conserva el pensamiento revolucionario cubano.
Vivimos –afirma– en medio de la más grave y devastadora crisis cultural de que se tenga memoria. “Los paradigmas de la tradición cultural humanista están en franco retroceso frente … a una industria del entretenimiento que no reconoce jerarquías, que ha reducido el arte a la condición de la mercancía más vulgar, que expulsó… a los llamados clásicos, que lo mezcla todo, sin orden ni concierto, aquello que puede ser artísticamente valioso con la cultura-chatarra, con fetiches vacíos, con símbolos de la mayor estupidez y frivolidad, y que va más allá en su afán caótico y mezcla realidad y ficción, historia y leyenda, y crea vertiginosamente nuevos mitos y recicla otros, en el torbellino de un espectáculo permanente concebido sólo para vender y divertir”.
Al relacionar la crisis cultural global y las nuevas tecnologías, sentencia: es evidente que el mundo virtual de las TIC refleja los principales problemas y contradicciones del mundo real del presente: la concentración de poder en manos de trasnacionales; la desigualdad creciente, abismal, entre pobres y ricos, entre el norte y el sur; la privatización del conocimiento y la cultura; la visión imperial y belicista que concibe la web como un espacio militarizado; la injerencia, la violación de la soberanía de las naciones y de la privacidad…; la reducción del ciudadano al estatus de consumidor potencial y el manejo inescrupuloso de sus inclinaciones más íntimas para crearle falsas necesidades.
Prieto dedica un par de acápites a las TIC y el papel de las vanguardias en su uso como instrumento de emancipación y las TIC y su influencia en la política. Aquí comenta: cuando escuchaba al periodista mexicano Pedro Miguel, de La Jornada, diciéndonos en el panel del viernes que "el escenario bélico, de confrontación" de Internet y de las TIC "es menos desventajoso para las mayorías" ("los pueblos", dijo él, "tienen más chances" de hacer oír sus voces en este nuevo espacio), recordé la gestación, precisamente en México y por Pablo González Casanova y otros intelectuales vinculados casi todos a La Jornada, de una red de escritores, artistas, comunicadores, activistas y luchadores sociales para movilizar la opinión pública frente a la ofensiva armada imperial encabezada por Bush en el año 2003. Era un momento extremadamente peligroso… En Miami la ultraderecha de origen cubano organizaba marchas con la consigna "Irak ahora, Cuba después"… Nunca olvidaré cuando Fidel invitó al núcleo que estaba gestando la red, y nos reunimos aquí en La Habana con varios intelectuales cubanos para hablar del proyecto.
Prieto contextualiza las TIC en la disputa actual por las conciencias que llevan a cabo Estados Unidos y su industria de entretenimiento. Denuncia la pretensión de formar una criatura rendida ante la tecnología y los fetiches… sin raíces, sin memoria … egoísta hasta el delirio, incapaz de luchar por su emancipación y recuerda los planes de Washington para subvertir el orden interno en Cuba a través del uso de las TIC.
Según él no se trata de darle una utilización pragmática, instrumental, a las plataformas digitales, sino pensar la tecnología como un proceso integrado a la economía, la política y la cultura, que sea parte esencial del desarrollo de la sociedad y del crecimiento de los seres humanos.
PD: El enriquecido Felipe González, viejo servidor del imperialismo yanqui, mete las narices en Venezuela…
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